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Columnas de opinión | Cristianismo

El cristianismo original era laico y antirreligioso

No hay religión sin contradicciones. Cada religión es producto de un largo proceso histórico con múltiples influencias sociales.

La visita del papa León XIV se transforma en una gran misa en escena. El acontecimiento mantiene un anclaje en el rito propio de las instituciones eclesiásticas por su disputa en el mercado de fieles pero también en la institucionalidad republicana que, más allá de su carácter laico, lo resignifica en tanto espectáculo del poder.

La crónica gacetillera abundará en detalles, ya sea la vestimenta del llamado santo padre, justo un hombre que no puede serlo, aunque hubo papas con variada descendencia. Por lo tanto, no faltarán menciones a la sublime caída de la estola colgada al cuello (que alguno llamará bufanda en el apuro movilero); a la circularidad del solideo, ese gorrito que le cubre la mollera; al vibrante color púrpura de la muceta a mitad de espalda y pecho sobre el roquete blanco o destaques de la cruz pectoral pendiendo de un cordón dorado que solo puede lucir el sumo pontífice como símbolo de dignidad.

En cambio, de aquellos pescadores con las manos encallecidas y hediondos a sudor que se jugaron la vida contra el invasor Imperio romano y contra el rey Herodes en la antigua Palestina se dirá poco y nada. Tampoco del Sanedrín, máximo tribunal religioso y político judio integrado por los mercaderes que Jesús echó del templo, quienes le acusaron de sedición para que un Poncio Pilatos dejara de lavarse la manos y lo crucificara, como era la costumbre romana con aquellos que osaban rebelarse en pos de construir el paraíso no en el cielo sino en la tierra.

La iglesia como asamblea

La palabra iglesia deriva del vocablo griego ekklesia, que significa asamblea. Iglesia era la reunión colectiva de la comunidad decidiendo ideas y acciones, antes que un edificio o una jerarquía burocrático administrativa. Esa fue la palabra griega utilizada para traducir ese concepto, tanto del arameo, la lengua atribuida a Jesús y sus seguidores, así como de la palabra hebrea Qahal, que significa lo mismo.

No hay religión sin contradicciones. Cada religión es producto de un largo proceso histórico con múltiples influencias sociales. Pero es difícil superar al cristianismo, pues aquella antigua organización subversiva derivó en lo opuesto. El cristianismo fue transmitido por los judios a los romanos desde la periferia al centro; por los pobres a los ricos; desde un grupo de las clases más bajas a los más encumbrados gobernantes; por una organización que vivía en forma comunista a una organización que crea un dios y es usada para mantener la explotación de las clases oprimidas.

Karl Kautsky, que además de dirigente del Partido Socialdemócrata Obrero alemán era historiador, en su libro Orígenes y fundamentos del cristianismo, afirma que "el cristianismo no alcanzó la victoria sino hasta que se transformó en lo opuesto a su carácter original, ya que no resultó victorioso como una fuerza subversiva sino como una fuerza conservadora, como un nuevo puntal de opresión”, y concluye: "La Iglesia cristiana obtuvo la victoria claudicando en sus aspiraciones originales y defendiendo lo contrario".

Cristianismo sin religión

El sacerdote jesuita Luis Pérez Aguirre, en su libro Anti-confesiones de un cristiano (Editorial Trilce 1988) rescata los aportes de Ernst Bloch con su obra El ateísmo en el cristianismo, en la que afirma: "Sólo un ateo puede ser buen cristia­no, y un cristiano buen ateo”. Esta afirmación, prosigue Perico, obliga a zambullirse en el dinamismo transformador del cristianismo concretado en la práctica de Jesús porque "el Dios de Jesús abrió para siempre una crisis monumental en la idea común de Dios", a tal punto que la define como una suerte de cuña materialista incrustada en el ambiente religioso de su época.

Ante la pregunta de qué es lo nuevo que aporta el Cristo, afirma que esa novedad es la nueva alianza, una "nueva relación con la que queda abolida la antigua religión y sus manifestaciones como el culto y todo lo cultural: sacerdocio, templo, altar, ofrenda, sacrificios, etcétera", porque, como figura en los evangelios, "Dios no habita en los templos", ya que será la existencia de las personas, integradas en solidaridad y fraternidad, el templo donde se ofrece el verdadero culto al Padre, enfatiza Pérez Aguirre.

Y sobre esa radicalidad de nueva teoría y práctica se pregunta si el cristianismo es estrictamente una religión o una más entre las existentes. Y se responde: "Nuestra convicción es que el cristianismo es una real revolución que explota en medio de lo religioso introdu­ciendo una idea del absoluto que hace añicos el concepto clásico de religión. Y esto llevó a autores como Escarpit a decir que, por más extraño que parezca, la revolución cristiana es laica y anticlerical".

Además, recuerda que durante siglos, en el mundo religioso del Imperio romano se consideró al cristianismo, no como una religión más, sino como la no religión, como un peli­groso ateísmo larvado. Y sobre esto rescata el aporte de Juan Luis Segundo respecto de que el cristianismo original no encaja en ninguno de los térmi­nos de la definición de religión, por lo que concluye que paradójicamente el cristianis­mo “parece que des-absolutizara a Dios para absolutizar al hombre". Porque ese mate­rialismo cristiano elevará el amor real, con objeto tangible, huma­no, a orientación suprema de la acción del creyente, ya que "todo lo que hacemos por un ser humano concreto, histórico, a quien Dios ama infinitamente, lo afecta a Él".

Esenios comunistas

Unos de los problemas consiste en que la evolución del cristianismo fue muy otra que las ideas y prácticas de aquel grupo original tan influido por la cultura de los esenios, una de las cuatro corrientes ideológicas que pululaban en Jerusalén y en los territorios aledaños, y a la que se presume que perteneció Jesús, si acaso existió y no se trata de un personaje construido como una suerte de palimpsesto. Ese grupo no solo luchaba contra los invasores romanos, también se levantaba contra las clases dominantes locales y contra el clero que dominaba el templo. Pero a diferencia de otras corrientes, como los saduceos, fariseos y zelotes, entendían que no había que esperar una vida mejor tras la muerte sino construir la nueva sociedad en vida. Y así lo hicieron al huir de las ciudades para vivir en comunidad en las cuevas del mar Muerto.

Kautsky analiza especialmente el carácter comunista de la organización pero para quien sospeche sobre su posible sesgo, al menos antes de convertirse en renegado, vale conocer cómo los describió en su vida ascética el historiador Filón de Alejandría (20 a. C. al 50 d. C.): "Allí viven juntos organizados en corporaciones, en uniones libres, asociaciones de hospedaje y se ven usualmente ocupados en varias tareas de la comunidad", y agrega luego: "Porque ninguno desea tener ninguna propiedad privada, bien sea casa o esclavo, o tierras o rebaños o cualquier otra cosa productiva de riquezas. Más bien juntando todo lo que poseen sin excepción, todos reciben de ello un beneficio común". Pero incluso las referencias son inocultables pues se colaron en el canon de libros sagrados y figuran en los Hechos de los Apóstoles: "Vivían unidos y tenían todo en común, vendían sus posesiones y bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno" (Hechos 2,44).

Marxismo y religión ¿el opio del pueblo?

¿Acaso el marxismo está en guerra contra la religión? Aún hoy suele repetirse la famosa frase del opio. Sin embargo, suele ignorarse no solo el contexto en el que estaba inserta sino la profundidad de la postura de Marx ante el hecho religioso. Alejándose de las poses pseudorevolucionarias radicalizadas que declaraban la guerra a la religión, Marx y Engels criticaron las posiciones que habían surgido en la 1° Internacional o las de Ernest Dühring, quien pretendía prohibir la religión en la sociedad socialista.

El marxismo se separó de esas posiciones e intento analizar la religión, no como un mito infantil o una necedad de quienes especulan con la ignorancia sino como un fenómeno rico, también en contradicciones, en el que se expresan aspiraciones de heterogéneos y hasta antagónicos sectores sociales, reclamando el estudio de las raíces sociales y del contexto histórico concreto que ayudan a entender su aparición, supervivencia y desarrollo.

Formando parte del grupo de Hegelianos de izquierda, Marx aprecia los aportes materialistas de Feuerbach pero argumenta que no tomaba en cuenta la trayectoria histórica del fenómeno religioso convirtiéndolo en abstracto y unilateral. No siempre se abordó con tal profundidad la religión limitándose a mostrar su aspecto de opio, es decir, de adormecimiento y resignación. Pero resulta que aquella frase fue tomada fuera de contexto y sirvió como base de absolutizaciones y dogmatismos que mucho mal hicieron pues su crítica está situada en un contexto más profundo que lo que el materialismo vulgar admite.

Escribe Marx: “La religión es la realización fantástica de la esencia humana, pues la esencia humana no posee ninguna verdadera realidad. La miseria religiosa es a la vez la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el gemido de la criatura oprimida, el ánimo de un mundo sin corazón, pues es el espíritu de situaciones sin espíritu. Es el opio del pueblo. La supresión de la religión como felicidad ilusoria del pueblo significa la exigencia de su felicidad real. La crítica ha arrebatado las flores imaginarias de las cadenas no para que hombre arrastre cadenas carentes de fantasía y de consuelo, sino para que arroje sus cadenas y brote la flor viva. La crítica de la religión culmina en la doctrina de que el hombre es la suprema esencia para el hombre, es decir, con el imperativo categórico de acabar con todas las relaciones en las que el hombre es un ser rebajado, esclavizado, abandonado y despreciable”.

El filósofo Ernst Bloch la rescata acentuando el contexto global de la frase que incluye el suspiro y la protesta contra las circunstancias presentes y malas y recuerda que Marx no habla tanto de adormecimiento sino que allí hay algo más, que la religión puede ser algo más, como si la religión no solo fuera re-ligación con Dios.

Comenta Bloch: “Mientras que las luces de las iglesias, casi sin excepción, se habían mostrado solo en el entierro de la libertad o para propiciar aquello mediante lo cual en ningún caso se llega al mundo de la libertad de los hijos de Dios, esto tendrá que pensar frente al marxismo, y de ello tendrá que arrepentirse, una iglesia que ya no debería encontrarse repleta de su ideología restauradora. Mucho más que el marxismo, la crítica de la religión en el sentido del contexto marxista, libera de tabúes diferenciadores. La reflexión sobre el pasaje del opio, ya nunca más amputado, no podrá realizar ningún milagro pero podrá abrir el espacio de diálogo a los creyentes desideologizados y a los increyentes sin tabúes. Ecrasez l´infame quiere significar tanto exterminar la infamia como, dicho de otra manera, las medias tintas y la intransigencia”.

Manos tendidas

La relación entre izquierda y religión está plagada de encuentros y desencuentros por lo que siempre es deseable corregir actitudes dogmáticas, sea quien sea. Incluso en nuestro Uruguay, donde la izquierda supo concretar un singular proceso de unidad política que tuvo al Partido Demócrata Cristiano como actor importante, hasta desobedeciendo las directivas de la democracia cristiana a nivel mundial. Un país donde, como comentó Fernando Pereira en el reciente encuentro sobre cristianismo en el Frente Amplio, un sacerdote enviado por el anterior papa Francisco le confesó que "en Uruguay existen los cristianos más marxistas y los marxistas más cristianos del mundo".

Que nuestra unidad tan valorada no nos haga perder la efervescencia que impulsa a mejorar y ayuda a desarropar mitos y relatos edulcorantes sobre nosotros mismos en las iglesias cristianas y en las asambleas partidarias. Ahí está aun el recuerdo del veto de Tabaré Vázquez a la Ley de Salud Sexual y Reproductiva en el 2008, que retrasó las políticas públicas cinco años obligando a miles de mujeres a abortar en la clandestinidad hasta que el movimiento feminista supo acumular y dar vuelta la taba. Vale tenerlo presente hoy cuando se vuelve imprescindible la mejora de la ley y el cristianismo conservador de la derecha uruguaya se abroquela para frenarla y hasta fantasea con desmontarla. Que esa lucha nos siga empujando para el bien común y renueve en la praxis nuestra fraternidad tan invocada para seguir transformando la realidad y, por qué no, construir una sociedad sin clases, tan marxista como cristiana.

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