¿Qué hay de malo en el capitalismo? Se preguntan. ¿Qué hay de malo en la abundancia, en la riqueza, en el shopping, en el carrito del supermercado lleno hasta los bordes? Hay que revolverse contra el comunismo, se dicen, y entonces se levantará el bloqueo, sobrevendrá la abundancia y todos seremos felices. Y, no obstante, la abundancia sigue siendo en América nada más que un relato mítico, reservado en el mejor de los casos a una casta o minoría de privilegiados. De punta a punta de América Latina, como Martí lo advirtió en su día, el imperialismo ha provocado el hambre, la desigualdad y el despotismo; una dependencia destructiva de la que ni un solo país ha quedado a salvo, que provoca el debilitamiento crónico de la democracia, el sofocamiento de la voz popular en todos los órdenes, y el florecimiento cíclico de caudillos y dictadores. Martí también denunció el viejo binomio civilización/barbarie, sobre el que se han pretendido justificar todas y cada una de las vejaciones, abusos, violencias y sometimientos imaginables, y lo sustituyó por la oposición “falsa erudición-naturaleza”.
La proclamada civilización no es más que un relato arbitrario, una narración del mundo basada en una supuesta verdad, contenida en unos libros determinados; una “falsa erudición”. ¿En qué reside su falsedad? En que sus postulados no guardan relación alguna con la realidad. Consisten en afirmaciones o negaciones arbitrarias extraídas de un “deber ser” (arquetipo europeo) ajeno al ser latinoamericano; abreva en idealizaciones y en formas europeas, que podrán ser muy atractivas, deslumbrantes, supremas y maravillosas, pero que no reflejan nuestra circunstancia y resultan difícilmente aplicables a nuestros particulares contextos, por lo que se tornan inútiles e inconducentes a la hora de elaborar proyectos sociales, económicos y políticos. Ejemplo: renegar masivamente de todo lo indio, lo mestizo y lo negro de América Latina (o sea, renegar del 99% de lo que somos) y entronizar costumbres y tipos occidentales. ¿Cómo operar semejante amputación cultural y étnica sin gravísimas consecuencias humanas, económicas y políticas? Y llegados a tan demencial propósito, ¿en nombre de qué lo haríamos? Frente a esa falsa erudición, Martí coloca a la naturaleza, que viene a ser nuestra real y auténtica condición. La opresión o la discriminación por la raza, entra en este contexto. Frente a esa supuesta “barbarie” de razas o etnias inferiores, se levanta la “naturaleza” del mestizaje integral de América, que no es sólo de sangre sino de culturas y de mentalidades, y que se proyecta desde el ayer hacia el mañana. No se corta. No se suprime. No se amputa.
Por el contrario. El destino americano no es el relato ficticio que estigmatiza a unos en detrimento de otros, sino el hombre y la mujer “naturales”, hijos de nuestra América, nuestra única, contante y sonante realidad. Por eso dice Martí que para gobernar es necesario conocer, y para conocer hay que ser capaz de ver lo propio. Quiero remarcar aquí (para evitar confusiones o a apresuradas conclusiones) que el énfasis en lo propio no significa el repudio de lo extranjero (en este caso lo europeo y lo norteamericano) como tal. A Martí no le interesa denostar lo extranjero, sino más bien develar lo enmascarado. Desmontar, pieza por pieza, el artificial andamiaje de los relatos que echan tierra sobre nuestra auténtica realidad americana. Se trata de algo parecido a despejar una incógnita. O proceder, como quería Descartes, de certeza en certeza. Limpiar el camino para ver cómo somos. Y sobre todo, para decidir qué queremos ser.