Pero yo creo que el oráculo se lleva el premio mayor. Esa mezcla de religiosidad y de magia, de santidad y de imponencia, se advierte ya desde varios kilómetros antes de llegar. Se debe acaso a la grandiosidad del paisaje, a su belleza demasiado intensa como para asimilarla y expresarla en palabras. Todo lenguaje se queda corto y pobre frente a la exuberancia de una belleza que es, en cierto modo, terrible, por absoluta y abrumadora, e incluso perturbadora. Y lo es más aún para los turistas, esos seres que, aún sin quererlo, suelen convertirse en molestos e innobles seres que irrumpen en escenarios sagrados con sus cargas de snobismo, ignorancia y ansias de diversión y de espectáculo, con su descuido, con su apresuramiento, con su falta de sensibilidad. Y nosotros, mal que nos pesara, éramos parte de esos turistas, que acuden en rebaño en pos de quién sabe qué cosa, reñida en todo caso con cualquier asunto relacionado a lo espiritual, en el sentido más hondo e integral del término. Tal vez así habrá sido desde tiempos inmemoriales. Tal vez la pitonisa, advertida de semejantes bajos apetitos, les habrá lanzado a unos cuantos unos mensajes más inquietantes que consoladores, a pesar de los consabidos sobornos y complacencias de los sacerdotes con tal o cual personaje de campanillas.
En todo caso, nadie se atrevía a cuestionar las respuestas que, ya se sabía, eran siempre oscuras y ambiguas. Al suplicante quedaba reservada la engorrosa tarea de interpretar la profecía, cuestión que requería también de otras consideraciones, como por ejemplo el cultivo de la mesura, el equilibrio y el autoconocimiento. En suma, no era fácil para nadie el esclarecimiento de una profecía lanzada por Apolo, y transmitida por la pitonisa, una mujer de pueblo, por lo general de edad madura, que abandonaba su tarea de hilado, de recolección de leña, de cocina y de crianza de niños para acudir a cumplir con su labor de mensajera del dios. Una mujer. Vestigio inocultable de aquel matriarcado ancestral, que pervivió en Delfos, proveniente con toda seguridad de una anterior hermandad de sacerdotisas adoradoras de la diosa madre, la tierra, a la que los griegos llamarían Gea. El séptimo día de cada mes, desde la primavera hasta el otoño, el oráculo funcionaba, pero después, llegado el invierno, Apolo era sustituido por su hermano Dionisos, quien era amante de las danzas libertinas, la embriaguez y la locura báquica. Entonces la orgía y el desenfreno, además de las profecías por inspiración, que continuaron expresándose, se apoderaban del santuario, cosa que, en el fondo, no contradecía el espíritu del lugar, sino que más bien lo complementaba y lo hacía más atractivo, pues así se acercaba mucho más a la humana condición de los griegos, tan pasional, desbordante y eufórica, a las que no escapaban ni siquiera sus dioses.