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Columnas de opinión | ricos

La inicua opción de la derecha por los ricos

Esta coalición multicolor, encabezada por un burgués que nació en cuna de oro e integrada por miembros de la élite de la sociedad, gobernó para los ricos y no para la clase trabajadora.

La celebración de Pascuas que culminó el último domingo de marzo el calendario litúrgico de la tradición cristiana, el cual marca, para los creyentes, la pasión, muerte y resurrección del profeta Jesús de Nazaret, originó expresiones de adhesión de la clase política, en algunos casos de inocultable hipocresía.

Las manifestaciones más fervorosas procedieron nada menos que de los precandidatos de la derecha que, ciertamente, en la práctica, no profesan los valores cristianos en los que afirman creer. Los dos más entusiastas fueron los aspirantes del Partido Nacional Álvaro Delgado y Laura Raffo.

En ese contexto, Delgado expresó que ese día era propicio para “renovar la esperanza”, en un mensaje no tan subliminal y para nada despojado de alusiones políticas y una estrategia para convocar a la militancia a movilizarse.

Realmente, compartimos los votos formulados por el exsecretario de la Presidencia, pero con una salvedad. Nosotros, en particular, renovamos la esperanza para que prime la cordura en el electorado uruguayo, condición sine qua non para que en las elecciones de octubre triunfe el Frente Amplio e inicie, a partir de marzo de 2025, el segundo e indispensable ciclo progresista.

Por su parte, la también precandidata herrerista, no blanca, instó a “compartir en paz con nuestros seres queridos. Conversar y escucharnos más es la mejor manera de mantener vivos los valores que nos representan”. Obviamente, sólo compartieron un huevo o una rosca quienes tienen poder adquisitivo para comprarlos. Ello excluye a las 350.000 personas que sobreviven bajo la línea de pobreza, 42.000 más que en 2019.

En el mismo sentido se expresó la exsubsecretaria del Ministerio de Relaciones Exteriores, y una de los ocho precandidatos del Partido Colorado, Carolina Ache, quien, más allá de sus eventuales responsabilidades en el otorgamiento de un pasaporte ilegal al narco Sebastián Marset, es parte de un gobierno que, en la práctica, nada tiene que ver con los valores cristianos. Esta afirmación es también válida para el ministro de Trabajo y Seguridad Social, Pablo Mieres, quien, en sus cuatro años de gestión, demostró también su anticristianismo poniéndose siempre del lado de los más poderosos, los empresarios, en detrimento de los intereses de los trabajadores.

El mensaje de Manini

Empero, el más chocante fue el mensaje del precandidato por el partido Cabildo Abierto Guido Manini Ríos, quien subrayó que “la resurrección de Cristo es el triunfo de la vida sobre la muerte. Ojalá la alegría y esperanza que para muchos significa este día nos dé a todos, creyentes y no creyentes, la fuerza necesaria para seguir luchando por la vida, contra la cultura de la muerte”.

Viniendo de un militar que integró un ejército golpista y criminal durante siete años y que reivindica el período más oscuro de nuestra historia reciente, esta expresión de deseo es una amarga ironía. Nadie que haya sido parte de una asociación para delinquir con uniforme, como lo fueron las fuerzas armadas como mínimo entre 1973 y 1985, puede hablar de paz con autoridad.

En boca de Manini la palabra vida es una suerte de frivolidad, en la medida en que la corporación que él integró, por más que nadie se lo reproche, fue, durante la dictadura, una banda criminal que torturó, asesinó y desapareció ciudadanos, por el mero hecho de pensar diferente.

¿Tienen estas personas autoridad moral para invocar a Jesús, cuando en sus prácticas cotidianas niegan los valores cristianos de solidaridad, justicia social y opción por los pobres? Realmente, parece una tomadura de pelo.

Seguramente, o no leyeron el Nuevo Testamento o tienen mala memoria y olvidaron que Jesús expulsó a los mercaderes del templo porque éstos habían transformado ese espacio de fe en un negocio, donde se lucraba y regían las reglas de la oferta y la demanda, acorde con el paradigma del capitalismo.

También olvidaron una de las reflexiones tal vez más potentes del profeta dirigida a sus discípulos: “Yo les aseguro que un rico difícilmente entrará en el reino de los cielos. Se los repito: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos” (Mateo 19, 23-30).

Esta proclama es una clara opción por los pobres, por los desvalidos, por los enfermos y por los excluidos. No en vano, Jesús de Nazaret era un obrero y no un empresario.

¿Este Gobierno, que está colmado de personas que aducen ser creyentes, hizo una opción por los pobres? No. Muy por el contrario, optó por los ricos, herederos de los mercaderes que Jesús expulsó del templo porque prostituían los valores de su fe.

Nosotros, en particular, no somos creyentes, pero respetamos la fe y también los valores cristianos, cuando esta fe es sincera y no una mera expresión de hipocresía oportunista para cosechar adhesiones y simpatías, en el país más ateo del continente.

Si hubiera apenas una gota de cristianismo en este Gobierno no tendríamos 42.000 pobres más que en 2019 ni el 20 % de los niños nacerían en hogares que sobreviven bajo la línea de pobreza. Tampoco habría cada vez más personas en situación de calle y alimentándose en ollas populares o en comedores estatales.

Este Gobierno hizo una opción por los ricos o, como los denomina el presidente de la República, Luis Lacalle Pou, quien también se proclama creyente y católico, por los “malla oro”.

¿Qué aportaron los “malla oro” durante el momento más álgido de la pandemia, cuando la pobreza trepó a casi el 12 %? Nada. Siguieron con sus negocios y se enriquecieron como nunca. Incluso, pasada la alerta sanitaria aprovecharon para practicar el tan temible ajuste del mercado laboral y para rebajar los salarios entre 2020 y 2022. Hoy, hay muchos ciudadanos que tienen trabajo pero perciben el salario mínimo nacional o sueldos de indigencia de no más de 25.000 pesos mensuales.

Esa es la solidaridad de los “malla oro”, que mientras una multitud de uruguayos viven peor que algunos animales, visten camisas de seda importada, se pasean en sus suntuosos automóviles de gran porte o vacacionan en Miami. Viven como reyes, mientras 350.000 de sus compatriotas sobreviven como mendigos, algunos en ranchos de chapa y piso de tierra y otros a la intemperie.

La explicación es muy fácil. Esta coalición multicolor, encabezada por un burgués que nació en cuna de oro e integrada por miembros de la élite de la sociedad, gobernó precisamente para la clase privilegiada y no para la trabajadora, que es naturalmente la más numerosa y la que produce la riqueza que otros rapiñan.

La pregunta es: ¿estas personas que se rasgan las vestiduras y se proclaman cristianos aunque lo no sean, le piden perdón a Dios por ser tan hipócritas, tan egoístas y tan mezquinos?

Para ser creíble como cristiano hay que adherir a los valores cristianos, que son profesados incluso por aquellos que no creen en la existencia de un ser superior, pero abrazan la causa de la justicia social y se conmueven por el dolor de los pobres. Cristianos son, por ejemplo, aquellos que organizan ollas populares en los barrios más deprimidos –que cuatro años después aún existen– donde se alimentan miles de uruguayos que no pueden sostener ni siquiera el presupuesto de la alimentación, un derecho humano sin dudas inalienable. También son cristianos quienes realizan donaciones anónimas para financiar las ollas o ayudan a los que perdieron todo por las inundaciones.

Esos son los verdaderos y auténticos cristianos y no los hipócritas y falsarios que explotan a sus trabajadores, los que recortan derechos laborales y bajan o congelan los salarios y las jubilaciones de miles de trabajadores y pasivos.

Para que en el futuro haya Pascuas para todos, es indispensable e impostergable un cambio de rumbo, con el propósito de cumplir de una buena vez con el mandato artiguista: “Que los más infelices sean los más privilegiados”.

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