Todas iguales en la Antigua Grecia
En un hermoso libro que debería leer toda “persona de bien”, Humberto Eco traza la historia de la belleza. Y así uno encuentra cuál era el ideal estético en la Antigua Grecia, con tal impacto que uno encuentra que los escultores usaron el mismo modelo para todas las esculturas femeninas. Igualitas. Ya en la introducción se nos advierte: “Este libro parte del principio de que la belleza nunca ha sido algo absoluto e inmutable, sino que ha ido adoptando distintos rostros según la época histórica y el país: y esto es aplicable no solo a la belleza física (del hombre, de la mujer, del paisaje), sino también a la belleza de Dios, de los santos, de las ideas…”
Eco dice –y lo fundamenta– que en el mundo griego y latino, “el deleite del color (y de la luz) se unía siempre a la proporción” y agrega: “con Pitágoras nace una visión estético-matemática del universo: las cosas existen porque están ordenadas, y están ordenadas porque en ellas se cumplen leyes matemáticas, que son a la vez condición de existencia y belleza”.
Entonces, así aparecen las relaciones matemáticas hasta en la música. Cuando uno encuentra que algo es bello o armónico, seguro que hay allí una trampa matemática. Veamos un ejemplo cotidiano. No es casual que las tarjetas de crédito y las cajas de cigarrillos tengan la proporción que tienen. Si uno divide el segmento mayor del rectángulo de la tarjeta de crédito con el de la base, seguro que le dará 1.618 o aproximado. Ese es el número de la proporción áurea, el número de la belleza.
Esa proporción se encuentra en infinitas cosas de la naturaleza y del mundo de uso común. El cuerpo también encierra esa trampa matemática y cuando uno está frente algo que le resulta cómodo, atractivo, probablemente esté funcionando alguna proporción motivo de la seducción. (Ojo: uno no anda enamorando por ahí con una regla de cálculo ni compás áureo, sino ¿qué espacio le dejamos a la magia, la poesía y la química que, tal vez, hasta tengan una explicación matemática?).
La muerte de Silvina
Silvina Luna era una mujer linda. Re linda. Por alguna misteriosa razón, Silvina no estaba satisfecha con su cuerpo; pese a sus hermosos ojos y escultural figura, algo le estaba faltando. Y entonces fue que apeló a las cirugías estéticas, “tócame un poquito acá, agregame algo ahí, sácame algo de acá”. ¿Para qué? Le tocó un gánster que en nombre de la cirugía estética le introdujo veneno en el cuerpo y así la liquidó. Hoy hasta un actor uruguayo –que quiso tener más masa muscular en sus brazos– está en juicio contra el cirujano de las famosas y famosos.
Más de una y uno, que pasó por el consultorio del cirujano argentino, se está revisando para saber si sus riñones terminarán dañados en nombre de la belleza.
Pero como con esto se cruzan muchas cosas –belleza, feminismo y empoderamientos– la cuestión no queda así.
En Ecuador, Verónica Abad Rojas es candidata a la vicepresidencia junto a Daniel Noboa por la coalición Acción Democrática Nacional en las elecciones presidenciales de Ecuador. En recientes declaraciones dijo: “Hoy en día las mujeres pretenden ser feas, y esa es otra realidad, ahí tiene que ver mucho el marxismo (…) y mientras más denigrantes se ponen creen que esa es la mejor forma de la revelación cuando la mejor forma de la revelación es la inteligencia y la sensatez”.
Como se observa, la belleza interpela por encima de las ideologías. Sir Roger Vernon Scruton fue un filósofo y escritor británico especializado en la estética y la filosofía política, particularmente en la defensa del tradicionalismo político. Fue un conservador. En su libro La belleza (2011), dice lo siguiente: “La belleza puede ser consoladora, turbadora, sagrada, profana; puede ser estimulante, atractiva, interesante, escalofriante. Puede afectarnos de un sinfín de formas distintas; sin embargo, nunca nos deja indiferentes: la belleza exige el reconocimiento; nos interpela directamente como la voz de un amigo íntimo”. Me quedo con Roger.