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¿Competir bajando salarios? Podemos cambiar la pregunta

Durante las últimas dos décadas Europa vivió una situación que, según los manuales clásicos de economía, debería haber impulsado un fuerte crecimiento.

Cada vez que un país enfrenta problemas de crecimiento económico aparece una palabra que parece resumir todas las soluciones: competitividad. La escuchamos cuando se habla del tipo de cambio, de los costos laborales, de las tarifas públicas o de los impuestos. La receta suele ser conocida: para crecer hay que producir más barato. Pero ¿qué ocurre si esa idea ya no alcanza para explicar por qué algunas economías crecen y otras permanecen estancadas?

Esa es precisamente la pregunta que plantea la economista italiana-estadounidense Mariana Mazzucato, una de las investigadoras más influyentes del debate económico internacional. En un reciente artículo publicado en Project Syndicate, sostiene que la obsesión por reducir costos puede convertirse en una trampa y que el verdadero desafío no está en abaratar el trabajo, sino en mejorar la forma en que una sociedad utiliza su capital.

Una paradoja difícil de explicar. Durante las últimas dos décadas Europa vivió una situación que, según los manuales clásicos de economía, debería haber impulsado un fuerte crecimiento. Las empresas obtuvieron importantes beneficios, las tasas de interés fueron históricamente bajas y conseguir financiamiento nunca fue tan barato. Sin embargo, ocurrió algo inesperado. La inversión productiva apenas creció, la productividad permaneció prácticamente estancada y los salarios evolucionaron muy lentamente. Incluso la participación de los trabajadores en la riqueza generada por la economía fue disminuyendo. En otras palabras, había abundancia de dinero, pero ese dinero no estaba generando más desarrollo. Para Mazzucato, esta contradicción demuestra que el problema no es la falta de capital sino su mala asignación.

¿Qué significa asignar bien el capital? Cuando hablamos de capital no nos referimos únicamente al dinero.También hablamos del ahorro, las inversiones, el crédito y los recursos financieros que pueden utilizarse para desarrollar nuevas empresas, incorporar tecnología, investigar, innovar o aumentar la capacidad productiva. La pregunta central es muy sencilla: ¿En qué se invierte ese dinero?. Si el capital se orienta hacia actividades productivas, investigación, infraestructura o innovación tecnológica, la economía genera mayor productividad y mejores salarios. Pero si esos recursos terminan concentrándose en operaciones financieras, especulación, recompra de acciones o inversiones de corto plazo, el crecimiento termina siendo mucho menor. Por eso Mazzucato sostiene que no alcanza con crear condiciones favorables para invertir. También es necesario orientar las inversiones hacia sectores capaces de transformar la economía.

Competitividad no es solamente bajar costos. Durante muchos años la competitividad se interpretó casi exclusivamente como una cuestión de costos. Si los salarios eran bajos, la energía barata y los impuestos reducidos, se suponía que las empresas invertirían automáticamente. Sin embargo, la evidencia europea demuestra que esa relación no siempre funciona. Puede haber abundante capital, elevada rentabilidad empresarial y, aun así, escasa innovación, baja productividad y salarios estancados. La competitividad deja entonces de depender únicamente del precio para pasar a depender de la capacidad de crear conocimiento, incorporar tecnología y producir bienes y servicios de mayor valor agregado.

El papel del Estado. Este enfoque también modifica la forma de pensar las políticas públicas. En lugar de limitarse a corregir fallas del mercado o reducir costos para las empresas, el Estado pasa a desempeñar un papel más activo, impulsando sectores estratégicos, financiando innovación, apoyando la investigación científica y coordinando inversiones de largo plazo. No se trata de sustituir al sector privado, sino de construir condiciones para que las inversiones generen capacidades productivas permanentes. La propia historia muestra numerosos ejemplos. Internet, el GPS, muchas tecnologías médicas y parte de la revolución digital surgieron gracias a importantes inversiones públicas en investigación y desarrollo antes de convertirse en negocios privados.

¿Qué puede aprender Uruguay? Aunque el análisis de Mazzucato está centrado en Europa, sus reflexiones resultan especialmente útiles para Uruguay. En nuestro país, el debate sobre competitividad suele concentrarse en el precio del dólar, los costos laborales, las tarifas públicas o la carga tributaria. Todos esos factores son relevantes y forman parte del problema. Pero probablemente ya no sean suficientes para explicar el crecimiento futuro.La pregunta estratégica debería ser otra: ¿Hacia dónde estamos orientando nuestras inversiones?. ¿Estamos invirtiendo en ciencia y tecnología?. ¿Estamos fortaleciendo sectores capaces de generar mayor productividad?. ¿Estamos desarrollando nuevas capacidades industriales y digitales?. ¿Estamos formando el capital humano que demandará la economía del futuro?. Estas preguntas son tan importantes como la discusión sobre los costos. Uruguay posee fortalezas que muchos países no tienen: estabilidad institucional, seguridad jurídica, producción agroalimentaria competitiva, energías renovables, una creciente industria tecnológica y una buena inserción internacional.

Sin embargo, transformar esas ventajas en crecimiento sostenido requiere una estrategia que trascienda la reducción de costos y apueste por la innovación, la investigación, la digitalización y la diversificación productiva.

Cambiar la conversación. Quizás el principal aporte de Mariana Mazzucato no sea ofrecer una receta económica diferente, sino proponer un cambio de perspectiva. En lugar de preguntar cómo producir más barato, invita a preguntarnos cómo producir mejor. En lugar de discutir únicamente el costo del trabajo, propone analizar la calidad de las inversiones.

Y en lugar de pensar la competitividad como una carrera para reducir salarios, plantea entenderla como la capacidad de una economía para generar conocimiento, innovar y crear valor. En un mundo donde la inteligencia artificial, la transición energética, la biotecnología y la economía del conocimiento están redefiniendo el desarrollo, esta discusión adquiere una enorme relevancia. Para Uruguay, el desafío no consiste únicamente en ser un país competitivo en términos de costos. Consiste en decidir qué economía quiere construir para las próximas décadas y cómo orientar sus recursos hacia ese objetivo. En definitiva, la verdadera competitividad no depende solo de cuánto cuesta producir, sino de la capacidad de generar innovación, productividad y bienestar de manera sostenible.

Este enfoque resulta particularmente valioso porque interpela una idea muy arraigada en América Latina: que la competitividad se logra principalmente reduciendo costos. El debate que propone Mazzucato invita a ampliar esa mirada y a preguntarse no solo cuánto invierte una economía, sino qué tipo de inversiones realiza y qué capacidades construyen para el futuro. Esa discusión puede ser especialmente útil para Uruguay en un momento en que busca aumentar su productividad, diversificar su matriz productiva y fortalecer sectores intensivos en conocimiento.

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