Un segundo par de tensión es el grado de mayor o menor conocimiento de la candidata en la ciudadanía. Una importante proporción de dirigentes y militantes (entre los que me incluyo) desconocía su trayectoria. Ya expuesta, se reconoce como una exponente más de los mejores perfiles frenteamplistas. Pero la información a la que podemos acceder en medios militantes o intensamente politizados, aun fuera de Uruguay, no necesariamente se distribuye entre la ciudadanía, ni esta se orienta exclusivamente por trayectorias, sino que requiere de un conocimiento más personalizado y cierta sensación de proximidad. Unos años atrás, Raúl Sendic lanzó una ironía sobre la abrumadora diferencia que por entonces tenía el FA en Montevideo (y que lamentablemente viene perdiendo, sin que suenen las debidas alarmas) diciendo que se ganaría incluso si la candidatura fuera una heladera. Dejando de lado la cuestión estrictamente electoral y el contexto del dicente, la referencia llama a la explicitación de una tercera contradicción entre el sujeto y la estructura o, más ampliamente, entre el carisma y la despersonalización basada en la organización colectiva, la disciplina y los mandatos.
Ninguna organización política, ni aun el FA, que resulta un ejemplo de firme unidad en una complejísima convergencia plural, puede uniformar personalidades, talentos y liderazgos, pero puede, mediante normativas y prácticas, morigerar la tendencia hacia la concentración del poder implícita en las seducciones carismáticas, aunque menos donde todavía residen las peores formas de manipulación publicitaria, fake news y emocionalidades. La hegemonía comunicacional y por tanto los hábitos político culturales están en manos de las derechas, que no solo conviven acríticamente con la autonomía de los dirigentes-candidatos, sino que expanden la atracción caudillista que debilita hasta la propia noción de militancia en una estructura clientelística. El tipo de afiliado de los partidos tradicionales es, antes bien, un simpatizante. En el conjunto clientelístico, el militante es una verdadera minoría, y cuando se lo encuentra, es por lo general en las juventudes. El camino de los adultos está más cerca de la profesionalización o del desinvolucramiento, salvo el de la votación en las internas.
Suponer que el FA goza de inmunidad frente a estas formas fiduciarias de la democracia representativa y de las influencias determinantes de los liderazgos resulta una ingenuidad, tanto como suponer que esta decisión de Martínez no se emparente con el dedo amiguista de los conservadores. Obviamente nuestro FA es un complejo colectivo en el que las decisiones colegiadas moderan parcialmente la concentración personalista del poder, pero los liderazgos han jugado un rol importante y nada hace prever que dejen de jugarlo aunque estemos en presencia de cierta renovación generacional. La separación entre dirigentes y bases está lejos de ser superada.
No se trata de liderazgos transferibles, sino de exclusivo ejercicio personal. Recordemos que José Mujica no logró transferir su influencia ni en la última elección departamental de Montevideo ni en las pasadas internas. Tampoco lo logró Tabaré Vázquez con su apoyo al referéndum contra la ley de aborto. Cuando Cosse dice no entender en conferencia de prensa por qué no fue elegida para la postulación junto a Martínez, se hace indispensable invertir la pregunta. ¿Por qué lo sería si Astori no lo fue cuando compitió con Tabaré ni Constanza cuando también lo enfrentó? Martínez cumplió con su promesa de fórmula paritaria. No es poco. Nosotros debemos luchar para que nos conduzca al triunfo.
Sin heladera alguna.