A esta altura, se puede afirmar que el gobierno multicolor y el oligopolio de los grandes medios son socios en esta propuesta de restauración conservadora. Y esa es, sin duda, siempre una mala noticia, aunque tampoco representa una novedad, porque la confluencia entre la derecha política, el poder económico y los grandes medios de nuestro país viene de muy lejos y ha sobrevivido la prueba de la sangre.
Ahora bien, una componente medular de esta estrategia política de restauración es la venganza. La derecha necesita disciplinar a la sociedad después de 15 años de “recreo”. Porque si la “aventura” progresista queda impune, entonces la izquierda vuelve y vuelve en breve, tan breve como el próximo período. Básicamente, la derecha tiene que impedir que el próximo período electoral, que ocurrirá dentro de algo más de 4 años, se convierta en una disyuntiva entre los años del “recreo” y los años del “ajuste”, porque en ese caso, el resultado va a ser demoledor para sus intereses. Entonces, necesita penalizar la osadía de los que se animaron a jugar a otra cosa y lo va a hacer echando mano a las denuncias, sospechas y auditorías. Lo fundamental no va a ocurrir en el ámbito de la Justicia, donde es muy improbable que avancen causas de corrupción por ninguna de las auditorías que vienen anunciando; lo central va a estar en la tapa de los diarios: la auditoría como instrumento de propaganda. La denuncia como arma de acción política, la judicialización de lo posible, el escándalo como premisa. Después no importa nada. Observemos otra vez el caso Nicolás Cendoya, que lo menciono semana a semana para que no se olvide que a Cendoya le hicieron una campaña de defenestración para impedir su nombramiento en Antel, y luego simplemente su nombre desapareció, y el fiscal, que se quiso sacar el caso de arriba después de haber armado semejante escándalo, simplemente lo durmió, porque lo más probable es que no tenga nada para pedir su formalización con algún tipo de expectativa.
Así las cosas, con un gobierno embarcado en su sueño noventista, convertido en una maquinaria publicitaria con el apoyo de los medios hegemónicos, la izquierda debería tomar en cuenta esta connivencia para que la responsabilidad sobre el desastre que van a producir no se le adjudique solo al presidente y a sus fuerzas políticas aliadas.
En el futuro será importante debatir si el ecosistema de medios de Uruguay, y en particular las concesiones de las señales que pertenecen al Estado, debe quedar congelado para siempre. La izquierda tiene que aprender de la experiencia y de sus errores. Y uno de sus errores formidables es no haber dado la lucha por un sistema de medios más diversos, no haber ingresado en la disputa franca por la comunicación de masas y haberle dejado ese lugar a los que la controlan desde siempre. Tal vez la izquierda pensó que no abriendo ese flanco, los dueños de los medios le concederían alguna tregua, le reconocerían su amplitud, su nobleza, sus formas democráticas. En ese caso, se equivocaron.