La catarata de preguntas que se dispara frente a cada caso de violencia machista es elocuente: ¿por qué le abrió la puerta? ¿Por qué fue a ese sitio con él? ¿Qué llevaba puesto antes de que la violaran? ¿Por qué andaba sola a esa hora? ¿Qué hacía en ese lugar? ¿Con quién había ido? Nadie cuestiona al agresor u homicida, todas las imputaciones van referidas a las víctimas. También es elocuente la desacreditación de la lucha de las mujeres para generar estos cambios y los insultos que a nivel público comienzan a florecer frente a cada expresión de repudio, marchas y mecanismos de exigibilidad que se ponen en juego. Histéricas, injustas, desmedidas, brujas, frustradas y locas son solo algunos de los vocablos que surgen como consecuencia de la expresión de los colectivos de mujeres que exhiben su rechazo a la violencia y, cuando no es esto, es la burla de quienes dicen que se sobredimensionan las situaciones, mofándose de la lucha, de las víctimas, de las denuncias, de la violencia y del sufrimiento.
Necesitamos una nueva educación y un feminismo vivo que deje muy claro que no queremos igualarnos al varón para hacernos poseedoras de lo peor que siempre han tenido los hombres. Reclamamos y luchamos por derrumbar el orden simbólico, reclamamos dejar de ser vejadas, humilladas, golpeadas, violadas y asesinadas. Reclamamos dejar de ser definidas en base a los hombres, ser consideradas en función de nuestras propias características y ocupar el lugar que nos corresponde por ser sujetas de derecho, no ser objetos de propiedad de nadie ni materia para la complacencia masculina. Y reclamamos sin desmayo dejar de ser culpables.
“De camino a casa quiero ser libre, no valiente”, dice una mujer joven desde una de las redes sociales, denunciando el ataque que sufrió una compañera la noche anterior. Y por ahí pasa parte del trabajo pendiente, poner el esfuerzo y la constancia en la construcción de un nuevo modelo de vida que no ponga en riesgo a las mujeres simplemente por vivir como deseamos. Dejar de sentirnos imputadas por los crímenes que se cometen contra nosotras: “Si la próxima soy yo, luchen en mi nombre para que al menos desde la tumba no me hagan sentir culpable”, grita otra jovencita desde Twitter.
“Una mujer -en realidad tres en 48 horas- asesinada por su pareja. Un hombre acuchillado por su vecino cuando cortaba el pasto. Un centenar de jóvenes “festejando” a botellazos la Navidad.
Y todavía hay quienes creen que esta sociedad violenta no es nuestra y solo se cambia con el nombre del ministro”, dice mi amigo Carlos Lebrato. Así sintetizó hace unos poquitos días las cuestiones que nos comprometen claramente como sociedad en relación a la construcción de los vínculos y que deberíamos tomar como punto de arranque para un 2019 que nos encuentre trabajando estos temas sin simplismos pueriles.