Andrés Calamaro, sin vuelta atrás
Nadie puede negar que Alta suciedad es el disco que finalmente consagró a Andrés Calamaro como solista, y que El salmón es una proeza única e inabarcable y al mismo tiempo la locura más cuerda que fue posible imaginar al borde del abismo digital. Sin embargo, tal vez el disco que mejor encarne todas las facetas, ambiciones, logros y también (im)posibilidades de Andrés Calamaro en la segunda mitad de la última década del siglo pasado sea Honestidad brutal. Quizás porque es excesivo, pero sin embargo abarcable; o porque es crudo, pero en ningún momento te expulsa. Para resumirlo en términos geográficamente porteños, si Alta Suciedad es como el barrio de Palermo en su pulcritud y El salmón es como Once en su brutalidad –y volumen–, Honestidad vendría a ser Almagro en su capacidad de tomar un poco de ambos, o tal vez simplemente porque está en el medio, tanto geográfica como temporalmente. Y porque, a no olvidarse, es un barrio que contiene al Abasto, y con eso debería estar todo dicho, histórica y musicalmente.