¿Pero fue solo sadismo lo que aparece en los relatos de las víctimas y que la película reproduce? ¿O se trató además de un plan sistemático de exterminio, organizado de manera precisa con el concurso de profesionales, contra varias generaciones de argentinos que planteaban la posibilidad de un modelo alternativo de país? Al hablar de sadismo, el terrorismo de Estado parece quedar reducido a excesos individuales, como llegaron a reconocer los propios jerarcas militares. ¿Sadismo o hay que ir más allá y recordar, una vez más, la trama social, política, económica que, a sabiendas de lo que estaba pasando en los campos de detención, apoyaba esa solución final a la argentina? Sabemos que más de un político, varios empresarios y representantes de la Iglesia visitaron los campos de concentración de la dictadura y aplaudieron la acción de las Fuerzas Armadas en defensa de sus intereses. Todo eso está documentado. El relato del muchacho que cuenta cómo los perpetradores, borrachos y enajenados, querían humillar a su compañero, obligándolo a insultar a su madre, muestra un panorama que convierte al terrorismo de Estado en una estrategia exagerada, un desborde desalmado que se podría haber solucionado de otra manera. ¿Se podría? ¿Tenemos que olvidar que la pretensión del Proceso de Reorganización Nacional –y de toda la recua de agentes civiles y eclesiásticos– era eliminar toda disidencia y refundar la nación? ¿Y que para que esa pretensión pudiera realizarse era necesario, imprescindible, generar terror y que el terror exige esa aparente irracionalidad, ese no saber de dónde viene la amenaza? No me parece que lo más importante sea recalcar si los perpetradores eran o no, varios o todos, sádicos, sino fijar la atención en cómo esos recursos a la violencia más salvaje estaban orientados a fines planificados y concretos: la defensa de ciertos intereses.
Se trata obviamente de una película, pero de una que repite otra vez la fórmula ya empleada en la transición argentina de Alfonsín de oscurecer el conflicto que estaba detrás del terrorismo de Estado: la existencia de dos modelos de país y la imposibilidad de reconciliarlos. Y los dos modelos de país siguen enfrentándose en la Argentina de muy diversas maneras y la polarización no se resuelve con la manida apelación a la democracia liberal porque el acceso, no solo a los recursos, sino a los propios dispositivos del Estado es profundamente desigual e injusto. Se trata evidentemente de una película que no puede hablar de todo, pero en el recorte que hace, en las elecciones que toma, manda un mensaje centrado en la importancia de la decencia y no en las opciones políticas e ideológicas. Y ¿quién no quiere sentirse decente? Hay otras películas –ahora me viene a la cabeza Azor (2021) de Andreas Fontana, con guión del director y de Mariano Llinás, contemporánea a la que estoy comentando– que también trabaja sobre ese período complicado y lo hace de otra manera, optando por otros recortes que generan efectos muy diferentes en el visionado.
Argentina, 1985 es de esas películas que hacen sentir bien al espectador, lo conmueven, plantean un panorama maniqueo en el que es fácil reconocerse y, sobre todo, que al no abundar en el contexto político e ideológico, o, al reducirlo a una cuestión de sadismo versus decencia se puede ver cómodamente en Taiwán y en La Paz, pero hace un flaco favor a la comprensión y a la difusión de un período trágico y convulso de la historia del continente. Y el cine, cuando trata períodos históricos, también puede contribuir a ahondar en la capacidad crítica. No todo es entretenimiento, más cuando se trata de temas cercanos y desgarradores como el que nos ocupa.
Por otra parte, además de este eje central sobre el que se teje la trama de la película hay, como decía al comienzo, desaciertos que podrían haberse corregido. No es una película de ficción y algunos de los protagonistas están vivos. Eso supone un alto grado de responsabilidad en el manejo de las declaraciones y en el efecto que puede producir cada uno de los fotogramas. Una suerte de alquimia visual e interpretativa. No hay excusa para esto. Un extenso desarrollo de la vida familiar de Strassera o de Moreno Ocampo –hablando en un diálogo mal guionizado con su madre– sacuden ante la brevedad del tiempo dedicado a los testimonios de las víctimas y en concreto a uno. Me refiero a Víctor Basterra, que aparece cuestionado por la defensa y que acaba diciendo que efectivamente entraba y salía de la ESMA como un funcionario después de que le dieran el pase, generando una confusión en el espectador poco informado que es imperdonable. Porque se trata del detenido desaparecido que se jugó la vida durante meses sacando negativos de las fotos que le obligaban a tomar los militares en su condición de trabajador esclavo para confeccionar documentos falsos, y gracias a esas fotografías se pudo saber la verdadera identidad de los perpetradores. Es probable que director y guionistas quisieran reflejar el ensañamiento de la defensa, pero es una escena poco clara de una persona cuyo comportamiento ha sido, a decir de sus compañeros, incuestionable. O la escasísima mención de madres y abuelas de Plaza de Mayo, o la aparición, por generación espontánea, de un conjunto de jóvenes que en tres meses organizan los testimonios de los sobrevivientes. ¿Alguien se puede creer que este conjunto de muchachos y muchachas, convocados por Moreno Ocampo, salieron de la nada? ¿Dónde están las organizaciones de derechos humanos con las que colaboraban? En esta película hay proporciones en cada uno de los protagonismos que no creo obedezcan a las necesidades del lenguaje cinematográfico ni a sus exigencias ineludibles sino a una posición ideológica clara y deliberada que convierte los juicios por crímenes de lesa humanidad en un vago asunto de decencia en lugar de inscribirlos en la matriz política e ideológica a la que pertenecen.
Por Marisa González de Oleaga (vía Ctxt)
Marisa González de Oleaga es profesora titular del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED.