Marcha otra denuncia a tribunales
Aunque la IA parece obrar con toda la impunidad en nombre de la innovación tecnológica, ya hay reacciones que han llegado incluso a los estrados de la Justicia. Tal es el caso de dos escritores, el estadounidense Paul Tremblay y la canadiense Mona Awad, quienes presentaron una demanda ante un tribunal federal de la ciudad de San Francisco, en Estados Unidos, contra la empresa OpenAI.
Según consignaron varios medios de ese país, en el escrito legal los escritores afirman que esta empresa usó sus obras como parte del entrenamiento de ChatGPT.
Esta aplicación, que ya se asoció con el gigante Microsoft, extrajo información de una ingente cantidad de libros pero sin autorización, y entre ellos están los de Tremblay y Awad, se asegura en la demanda presentada. Un asunto que implica la violación de los derechos de autor y la usurpación de la creatividad.
De acuerdo a recientes estimaciones que se han divulgado en distintos portales e investigaciones, OpenAI alimentó a su "hijo predilecto" con más de 300 mil libros, y como su apetito parece no tener límite, también ha realizado "operativos rastrillo" en las llamadas bibliotecas en las sombras de la red de redes, en las que se distribuyen obras sin autorización legal de sus creadores.
Como han sostenido Tremblay y Awad, ChatGPT puede generar resúmenes "muy precisos" de sus libros. Esto sería un claro indicador de que tales ediciones fueron utilizadas para el entrenamiento de esta inteligencia artificial.
Ante esta constatación, los escritores y sus abogados exigen que OpenAI pague una compensación económica por el perjuicio causado.
En un reciente artículo publicado en el diario británico The Guardian se citan declaraciones de los abogados Matthew Butterick y Joseph Saveri, que llevan adelante la demanda de Tremblay y Awad, en las que explican que los libros de estos autores serían ideales para el entrenamiento de la aplicación por sus excelentes escrituras y trabajos de edición. Por tales condiciones, sostienen los abogados, serían "test de referencia perfectos para el almacenamiento de ideas de nuestra especie". (¿Esto no se parece mucho a un parlamento de alguna película apocaplíptica, con máquinas -al estilo de la saga Terminator- que controlan el planeta?).
Ahora, reconocen los especialistas en cuestiones judiciales, se abre un nuevo problema: ¿cómo probar que estos escritores sufrieron pérdidas económicas a raíz de esta tecnología? Además, dicen que este entrenamiento se podría haber realizado de forma indirecta, esto es: sin utilizar los libros de Awad y Tremblay, recopilando información de foros que funcionan de forma libre, y en los que se han publicado comentarios y/o citas de estos textos.
La situación generada no tiene una solución simple, ni a nivel legal ni a nivel ético, y muchas interrogantes siguen abiertas, más allá de estos casos puntuales. ¿Será que estas empresas dedicadas a la inteligencia artificial generativa pueden seguir gozando de cuantiosos beneficios sin dar explicaciones y sin "poner un peso" a la hora de saquear la creatividad humana? ¿Hay un límite para estas innovaciones tecnológicas? ¿O, como han sentenciado varios tecnocríticos, ya estamos a un paso de entregar el último eslabón de la condición humana al apetito insaciable del capitalismo tecnológico?