Así, el recibimiento de Einstein es el pretexto para hablar de Katori Hidetoshi, físico de la Universidad de Tokio e inventor de la técnica de longitud de onda mágica para relojes atómicos de celosía óptica, tan ultraprecisos que solo se retrasan menos de un segundo cada 15.000 millones de años o, lo que es lo mismo, desde el nacimiento del universo. En su despacho, el cuadro de La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí.
Sherman le pregunta si no le da miedo la forma en que se doblan los relojes del artista catalán, a lo que el científico responde: "¡No! Quiero que la gente disponga de una nueva forma de ver la realidad. En la actualidad nadie se preocupa por la relatividad: solo los científicos entienden cómo la gravedad puede modificar el tiempo y el espacio. Mi sueño es cambiar eso, hacer que todo el mundo entienda el concepto del tiempo y espacio de Einstein".
Décadas atrás, los intelectuales japoneses estaban fascinados por el nobel alemán, pues veían la relatividad "no como una teoría física aislada, sino como una idea que abría nuevos horizontes", según las publicaciones de la época. También porque la teoría, al contrario que su nombre, describía un mundo absoluto e ideal, donde el ser humano no era el centro del universo y en el que se establecía un límite teórico a sus cinco sentidos.
Sin embargo, el Gobierno de Japón era escéptico: ¿comprendería el público la teoría de la relatividad? En el Consejo de Ministros nadie se ponía de acuerdo, hasta que el titular de Justicia, el incrédulo doctor Okano, espetó que "no podía haber un término medio entre entender y no entender": o se entendía "claramente" o no se entendía "en absoluto". Él mismo, reconocía, abandonó el libro cuando, nada más abrirlo, tropezó con las matemáticas superiores.
Al margen de que Einstein hablase en alemán, "fue recibido con absoluta adoración", escribe Sherman, a la procura de la preciada colección de Kamiguchi Sakujiri, un hombre apodado Guro que se gastaba todo lo que ganaba vendiendo ropa extranjera en su boutique en viejos relojes que la gente tiraba porque no daban bien la hora y su reparación resultaba compleja. Los más antiguos eran réplicas de los que habían traído los misioneros.
En 1872, el emperador Meiji adoptó el calendario solar y, ante el rechazo popular, adujo que era más preciso que el lunar, ya que este necesitaba añadir un mes cada dos o tres años. Con el occidental, bastaba sumar un día cada cuatro años, alegó. Sin embargo, como ha señalado el historiador Donald Keene, la razón era otra: los gobernantes querían evitar ahorrarse el pago de un salario a los trabajadores.
Las campanas, pues, ya no marcan las horas, sino que un cañonazo anuncia el mediodía desde palacio. Los relojes y los nuevos calendarios tampoco se corresponden con las mareas, el clima o las estaciones. Y, un siglo después, llegan los Casio, aunque la familia Kamiguchi seguiría obsesionada con las reliquias de un pasado mecánico, adornado con gotas de rocío y por cuyas manecillas trepaba un mono.
Ya nadie da cuerda a esos relojes, porque Guro es historia y su hijo falleció hace años, sin dejar en herencia ninguna instrucción. "Yo lo único que hago es conservarlos", le confiesa a Sherman su nuera, quien se limita a engrasar una memoria fija. Permanece, sin embargo, el tictac de las palabras del coleccionista: "Los humanos somos esclavos. Llegamos a casa todos los días tras ser perseguidos por los relojes. Pero cuando llegues a este lugar, ¡no recuerdes el tiempo! Si puedes olvidar qué hora es, tu vida será larga".
Así son los personajes que pueblan Las campanas del viejo Tokio, como Naruse Takur, un joven autodidacta que fabrica wadokei, relojes al estilo antiguo que pecan de imprecisos, porque antes lo importante no era medir el tiempo, sino "el placer del mecanismo", explica. "En este país hacemos muchas cosas por el simple placer de hacerlas. La gracia era que dejaban de marcar la hora, no que la mantenían". El reloj de los campesinos, añade con una lógica aplastante, era el sol.
Pero volvamos a Einstein, cuya visita detuvo el tiempo en Japón y brindó un curioso anecdotario. La escritora estadounidense recuerda que le compusieron un poema épico que ensalzaba la teoría de la relatividad, que era confundida con la teoría del sexo entre amantes debido al parecido entre la pronunciación de stai-sei y la de aitai-sei, en un momento en el que "las relaciones escandalosas que no tenían en cuenta la clase o la edad estaban creando furor", escribe Tsutomu Kaneko en Einstein's Impact on Japanese Intellectuals.
"En los locales de diversión, se reprodujeron una y otra vez muchas versiones de la canción pop Einstein aitai-sei bushi: todas eran canciones de amor. Elaborar la teoría del aitai-sei significaba estar enamorado o hacer el amor", apunta Sherman, quien recuerda que el físico alemán, desconcertado ante la desmesurada expectación que provocó su visita, llegó a decir: "Ninguna persona viva se merece esto".
Sin embargo, él tendría un detalle inolvidable con un mensajero que llamó a la puerta de su habitación en el Hotel Imperial de Tokio. Le entregó dos notas, escritas en sendos papeles con el membrete del establecimiento, de propina. La primera decía: "Una vida tranquila y humilde trae más felicidad que la búsqueda del éxito y la constante inquietud que conlleva". La segunda: "Donde hay voluntad, hay un camino".
Casi un siglo después, en 2017, los manuscritos fueron subastados en Jerusalén por 1,32 millones de euros. Según el comprador, cuando Einstein le entregó al recadero su teoría de la felicidad, le comentó: "Espero que estas notas acaben siendo mucho más valiosas que una simple propina".
Por Henrique Mariño (vía Público)