El ensayo parte de la siguiente premisa: ¿qué pasaría si pudiéramos ensayar hasta el más mínimo detalle de situaciones que nos preocupan antes de enfrentarlas? El origen de esta especie de secuela podría rastrearse en una de las subtramas que atravesaron las cuatro temporadas de Nathan for You: la incapacidad del tímido personaje Nathan para socializar y su siempre incómodo afán por superarse en ese sentido. “No soy bueno conociendo gente por primera vez”, es lo primero que se lo escucha decir en off en su nueva serie, y poco después confesará (y mostrará) que había ensayado una y mil veces con un nivel absurdo de detallismo el primer encuentro que tiene con alguien en el programa.
Pero el proyecto también tiene su génesis en dos episodios puntuales de la serie anterior. Uno de ellos lo mostraba filmando una noche en un bar cualquiera y luego contratando a actrices y actores que representaran al detalle todo lo sucedido allí para finalmente presentar todo en el mismo bar a la manera de una obra de teatro, dando lugar a esa sensación de estar dentro de una película de Charlie Kaufman que explota en El ensayo. El otro, disparado por una invitación de Jimmy Kimmel a su talk show, tenía que ver con la inseguridad que Nathan afirmaba tener al no saber qué decir a la hora de presentarse en ese tipo de programas, por lo que antes de ir llevaba adelante –con esa típica actitud suya de lo más acartonada– una sucesión delirante de acciones para tener una buena anécdota que contar. Al terminar de relatar la historia, que desplegó en el talk show con lujo de detalles y cierto nerviosismo (con él nunca se sabe dónde termina el personaje y empieza la persona), Kimmel, seguramente al tanto de todo, le dijo: “Estás totalmente mal de la cabeza”, largando enseguida una carcajada que contagió a Nathan e hizo que se le escapara por primera vez en público una pequeña risa sincera.
Su nueva serie se construye alrededor sensaciones encontradas. En Nathan for You el humor no se apoyaba tanto en las personas que aceptaban formar parte del delirante juego propuesto como en las ridículas distancias que Nathan podía llegar a atravesar para llevarlo adelante, todo enmarcado en una narrativa muchas veces basada en las dificultades de los pequeños comercios frente a la omnipresencia de las grandes cadenas. Pero en El ensayo –aún cuando esas distancias (demenciales por lo innecesarias) se ven acentuadas por un presupuesto mucho más grande– el concepto de fondo gira alrededor de la dificultad de atemperar lo imprevisible de una situación cualquiera, por más que se la planifique hasta límites exasperantes, y cuán dispuestos están los voluntarios a prestarse a ese juego.
En ese sentido, uno de los puntos de la serie parece ser el de acentuar la idea de que el personaje más polémico de todo reality, al igual que el Christof interpretado por Ed Harris en The Truman Show, es su propio creador. Ya el avance que había anticipado el programa daba unas vibraciones muy cercanas a esa película, y, desde el primer episodio, el personaje Nathan –no del todo despojado de los tics de socialización torpe que desplegaba en la serie anterior– explicita los difusos límites éticos de la propuesta al mostrarse mal parado en al menos dos ocasiones. La primera cuando Kor –el voluntario de este episodio, un fanático de las trivias televisivas que ensayará confesar a una amiga que nunca obtuvo una maestría que alguna vez aseguró tener– compara al comediante con Willy Wonka (“Bueno, pero con sus cosas cuestionables”, le dice), y la segunda, sin spoilear, sobre el final, cuando Nathan mismo ensaya su exposición a las consecuencias de enfrentar una confesión difícil de realizar.
“¿Viste la serie?”, preguntaba el canadiense hace unos años en Nathan for You a una chica que finalmente, después de mil intentos fallidos con otras, había aceptado tener una cita con él. “Sí”, respondía ella, “Sos malo”. “¿¡Malo!?”, respondía él, mostrándose totalmente sorprendido. En ese breve diálogo recae la clave de una de las líneas en las que Nathan decidió continuar indagando en este nuevo proyecto, siempre a través de su imprevisible creatividad desbordada y el interés que guía todo su humor por retratar (ahora en su flamante rol de científico social desquiciado) las más sutiles vicisitudes presentes en las relaciones humanas del grueso de la sociedad norteamericana actual.
Por Claudio Pombinho (vía Radar)