El modelo de Brooker, dice la crítica especializada, aparece renovado, aunque con "notas extrañas". El mismo realizador ha dicho: "En estos días, no podes estar en una habitación con tu celular sin ver tres programas de ciencia ficción distópicos a la vez. Hicimos un gran esfuerzo por romper nuestro libro de reglas y mantener lo impredecible para la audiciencia". Y así fue.
Toda la temporada, que consta de solo cinco capítulos, los caminos se abren en todos los sentidos posibles. La duración de cada entrega oscila entre los clásicos 45 minutos y la hora y media. Las tramas, historias y ambientaciones van desde el "verano del amor" hasta el presente, de los clones y autómatas a los algoritmos maquiavélicos, y hasta la mismísima disputa de Brooker con el propio sello de Nétflix (¿la ene roja es el nuevo enemigo?). Ya en el plano estilístico, el planteo viene también en clave heterogénea, ya que se mixturan elementos de la comedia, del horror gótico hasta del drama retro. Esto es, "de todo como en botica".
Sin embargo, hay un elemento que le da coherencia a toda la temporada: la mirada al pasado.
¿Será esta la nueva clave para repensar las narrativas distópicas y tecnocriticas de este espejo negro? ¿Dónde quedó aquel plan que Brooker sintetizó en estas declaraciones de 2011: "Si la tecnología es una droga -y se siente como tal- entonces, ¿cuáles son los efectos secundarios? Esta área, entre el placer y el malestar, es donde Black Mirror, mi nueva serie, está establecida. El "espejo negro" del título es lo que usted encontrará en cada pared, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor o un teléfono inteligente"? ¿Será esta la última temporada de la serie, como ya se está especulando?
Para responder habrá que completar el visionado de toda la temporada, muchaches (después, obvio, de ir por otro bidón de agua al almacén).