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Cultura

Pasión por el cuerpo, vocación por el movimiento

La pasión por el cuerpo del coreógrafo israelí Ohad Naharin puede apreciarse en la puesta de "Minus 16" por el BNS y en la serie "En movimiento" de Netflix.

Encandilada por el poder del entendimiento racional, la sociedad occidental sigue rindiendo tributo a su estrategias para abominar a un supuesto "enemigo": el cuerpo. Y esto ocurre siempre que esa trama de músculos, huesos, nervios, fluidos se vuelve poderosa, gana la escena, satura la percepción y jaquea los sentidos. Sus acciones crean así una fisura en el estado "tranquilo" y "correcto". Los prejuicios, sin embargo, no siempre logran "controlar" ese quiebre. De la inquietud o el asombro es posible llegar a la fascinación. Y el sobrevalorado entendimiento puede -claro que puede- descubrir que la vida porta otras racionalidades, en las que las referencias pueden estar en la carne sudorosa de su significante, en el cuerpo que refiere al cuerpo y a esas nebulosas de sentido que no necesitan encallar en las palabras que describen, ordenan y sancionan.

Así se conoce, por ejemplo, la desafiante corporalidad de las movilizaciones que inundan las avenidas para reclamar derechos y denunciar injusticias. Así también se conocen las múltiples manifestaciones de la danza en las que el cuerpo, los cuerpos, disparan la imaginación a otras fronteras de lo posible. Y en ese universo, el de la danza, muchos artistas han desafiado los límites de las convenciones (las convenciones académicas) para descubrir otras posibilidades en y con el cuerpo en movimiento, capitalizando las diferencias, reformulando técnicas, para generar otras formas de comunicación.

Ejemplo de ello es el notable trabajo del coreógrafo israelí Ohad Naharin (1952), quien ha innovado en lo técnico y en lo estético ampliando los horizontes de la danza contemporánea. Una de sus creaciones, Minus 16, tuvo uno estreno exclusivo el jueves 23 de junio en una nueva gala del Ballet Nacional del Sodre (BNS) en su temporada 2022, que se podrá ver, junto a la puesta Sen Chopina, de la uruguaya Marina Sánchez, hasta el 3 de julio en la sala principal del Auditorio Nacional del Sodre.

La realización de esta obra de Naharin, que demandó un intenso trabajo de preparación para el BNS, ha fascinado a críticos y público, tanto por sus exploraciones estéticas como por el nivel de la performance del elenco uruguayo, que ha demostrado una vez más su versatilidad al potenciarse con los desafíos del método Gaga del artista israelí.

Este estreno, además, ha devuelto la atención sobre una miniserie documental estrenada en Netflix en 2020, En movimiento (Move), dirigida por los franceses Thierry Demaizière y Alban Teurlai, dos realizadores con amplia experiencia en este género y que en 2015 incursionaron en la danza con Reset, para la que investigaron el paso de Benjamin Millepied por la dirección de la histórica Ópera de París.

Netflix Docu-Series | MOVE trailer | Director's Cut

Dispuestos a probar lo que sea

A través de sus cinco episodios, En movimiento le da voz y movimiento al trabajo de varios bailarines y coreógrafos de distintos países, como Jon Boogz y Lil Buck, Israel Galván, Kimiko Versatile, Akram Khan y también Ohad Naharin.

En el episodio dedicado a Naharin, las cámaras de Demaizière y Teurlai se instalan en Tel Aviv, donde el artista fue director artístico de la Batsheva Dance Company entre 1990 y 2018, y en la que actualmente se desempeña como coreógrafo residente.

Con este colectivo, Naharin desarrolló durante treinta años de trabajo un repertorio nuevo y único, sentando las bases de la técnica Gaga. Y en las imágenes que recupera este capítulo de En movimiento se pueden apreciar escenas únicas de ensayos, montajes, diálogos con los bailarines, algunas momentos en entornos familiares, hasta las que muestran al artista en pleno desafío a los residentes de un hogar de ancianos, entre los que estaba su madre, o trabajando con un numeroso grupo de personas que no tenían ninguna formación danzística.

En una de esas escenas, él plantea una de las claves de su proyecto: "Al conocer personas que no eran bailarines aprendí tanto como de mis propios bailarines".

En otro momento da otra clave, quizás de las más importantes: “No sé si mis bailarines son más talentosos que los de otras compañías. Pero tienen herramientas que otros bailarines no tienen, como saber que no son perfectos y estar dispuestos a probar lo que sea. Con eso se crea un intérprete más sensual, más peligroso, más misterioso, más hermoso. Me encantan los bailarines que llegan cada mañana al estudio esperando descubrir algo nuevo”.

La raíz de su vocación, recuerda, ya comenzó a fortalecerse en su infancia. "Desde que tengo memoria me recuerdo bailando y cómo me encendía al hacerlo, y cómo al escuchar mi cuerpo me fascinaba". Y agrega: "El baile me conecta con el ámbito de las las sensaciones, de pronto puedo conectarme con mi forma clara, con el animal que soy, con mi pasión, con mi sentido de existencia".

Estas ideas parecen abstractas o con demasiado vuelo poético. Sin embargo, son un desafío a la mirada, a la interacción, a la experiencia directa con una puesta que puede romper con los límites del escenario tradicional. Es allí, en ese espacio que conecta la mirada con el cuerpo, el movimiento, otros descubrimientos son posibles. Dicho de otra forma: otros cuerpos son posibles; es el cuerpo (los cuerpos) como un horizonte abierto de posibilidades. Y allí las descripciones, tan cara al discurso de la crítica, poco tiene que hacer. Lo que vale son los otros significados que moviliza el cuerpo.

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