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Cultura | niña

Una niña adormecida en el barro tibio

"Agua de charco, agua de río, agua de barro", de Teresa Puppo, explora el miedo y los deseos de una niña que no quiere ser grande, prefiere ser libre.

Agua de charco, agua de río, agua de barro cuenta la historia de Clara, una niña que no quiere ser grande. Clara, la niña de los pollos, que trueca en el almacén huevos de sus gallinas por harina y yerba; Clara la niña pez, incapaz de matar a su hermana tararira luego de bailar con ella. Clara la niña nube derretida, realidad transfigurada. Clara la niña de la noche, la niña-perra, la bruja, vampira sin reflejo, presa de los perros.

Clara se funde con la naturaleza, la explora, recibe sus azotes con la naturalidad de los seres que sienten. Niña libre de sangre, gota de sangre, niña-mujer-violencia.

Teresa Puppo construye el universo de Clara en 19 escenas, capítulos, heridas. No caben definiciones estrictas a los empujes de vida y de muerte que atraviesa a la protagonista (que la atraviesan). Del pasto a la mentira, del vacío al agua desnuda, de las gotas al cementerio, de la muerte al pelaje animal, de las bestias a la ausencia en el espejo, de la nada a los golpes en un galpón abandonado, del dolor a la tormenta vengativa, del cadáver a un techo sin escalera, de la vergüenza a las brujas, de las brujas vapor y del vapor pan, fermento de ojos cerrados, condena de sangre. Y como ancla, la mujer que podría llegar a ser: reina del baile del barro que mancha muñecas y zapatos amarillos.

Puppo es artista visual y escritora. Fue directora editorial de la revista Arte y colaboradora del Suplemento Cultural del diario El País como ilustradora. Es integrante y cofundadora de la Fundación de Arte Contemporáneo. Su obra está marcada por la multidisciplinariedad y la experimentación, dos características que florecen en Agua de charco, agua de río, agua de barro, un libro en el que los márgenes de la realidad ceden ante el peso pueril de la protagonista, sus fantasías, sus anhelos, su búsqueda íntima y su manera de ver el mundo.

Ese juego llega a su punto más fuerte en “Clara mira el agua”, un capítulo en el que la tensión (infantil, sexual, del dolor) de la protagonista con la naturaleza se desarrolla en el agua. Clara se animaliza: “Asombrada, se sintió pez. Los ojos se le volvieron redondos e inexpresivos. Dos tajos rojos -bocas jugosas con lenguas de abanico y sabor a bestia- comenzaron a abrirse con lentitud a los costados del cuello. Tomó una gran bocanada de agua y sintió cómo llegaba a sus músculos el oxígeno a través de la sangre que pasaba por las branquias recién abiertas, y con un movimiento lateral y primitivo onduló el cuerpo marrón de reflejos azulados. Nadó con velocidad, hambrienta, hacia una mojarra dorada, la atrapó de un tarascón, sintió cómo se revolvía contra su paladar atravesada por sus dientes agudos, sin dejar de vigilar con un ojo hacia un lado y con el otro hacia el lado opuesto, lista para un próximo ataque […] Atrapó algunas presas que tragó con voracidad y cuando calmó el hambre se acercó a las aguas bajas y dejó que su cuerpo se apoyara sobre el lecho barroso, y quedó ahí, blanda, adormecida en el barro tibio”.

Leer Agua me transportó al universo de Marosa di Giorgio, una autora que Puppo nombró como referencia o influencia en su camino creativo.

El primer texto de Mi vestido se hunde en las bromelias y más allá no hay nada de Marosa versa: “La madre miró a la nena; vio que estaba por poner el huevo. La nena tenía la boquita roja, entreabierta, el pelo de oro, erizado, y emitía un murmullo inconfundible. El padre, por pudor de lo que iba a acontecer, salió al jardín y se sentó bajo el árbol de ciruelas. La madre arregló una ropa que ya estaba arreglada y preparó el té, deteniéndose más de lo suficiente en cada fase. La nena extendió los brazos y puso el huevo. La madre lo tomó en sus manos, cálido, y corrió a presentarlo al padre, que seguía bajo el árbol. Este esperó ver un huevo de gallina o de paloma, que era lo que más conocía. Mas no; divisó uno de material exquisito, como ser porcelana o alabastro, y envuelto en luces. La madre volvió con él a la habitación y lo colocó en una canasta, ya arrepollada de encajes y puntillas; la nena se acuclilló y comenzó a empollar con los ojos bajos, el cabello cubriéndole el rostro; pensó de nuevo en el tremendo pájaro, que había bajado del viento por un minuto y había tenido con ella relaciones extremas, y tal vez, ni existía ya”.

Agua no es una obra surrealista ni de fantasía, es dolorosamente real: Clara no se quiere volver mujer, ese temor profundo es su motivación. La expansión de la percepción del mundo que Puppo propone no lo rompe, es como si experimentáramos de primera mano la proyección de la mente de la protagonista.

Los destellos de realismo mágico de Agua le aportan cierta magia a la dureza de las vivencias carnales de la niña, atada a sus circunstancias: vive en el campo con su tía Jacinta, su madre la abandonó y ella miente sobre su paradero (¿lo conoce realmente?, ¿se sabe huérfana?), recorre un largo trecho diario hasta la escuela, juega en el bosque con sus amigas, un viejo la golpea al verla en su galpón, un grupo de varones la fuerza a mostrarles las tetas.

Clara quiere frenar su condena, huir del tiempo, bañarse desnuda en el río sin vergüenza ni temor. Desea saberse eternamente niña, vampira, bruja.

La trama de un libro se puede reproducir; lo que vas sintiendo al leerlo no. Agua es un libro que hay que vivir.

Agua de charco, agua de río, agua de barro

Narrativa

Teresa Puppo

Estuario editora

108 páginas

PVP: $ 490

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