Todo un apartado del grueso borrador está dedicado al estímulo y concreción de la participación ciudadana, aunque en términos más intencionales que propositivos, en los que el problema de la apatía política de cada vez más vastos sectores sociales recorre tácitamente las páginas del capítulo específico. Creo que el pasaje de lo implícito a lo explícito, la visibilización del síntoma, permitiría atacar el nudo gordiano de la atonía creciente, además del envejecimiento militante paulatino sin mayor recambio generacional. Tal vez para ganar la próxima elección baste orientar la mirada hacia la catástrofe de los dos vecinos de frontera y más allá también, a excepción de Bolivia. Pero sospecho que para neutralizar la centrifugación militante y el desánimo, no bastan las conquistas económicas y sociales si no se perciben producto de la participación concreta de los beneficiarios de sus logros.
Para participar de algo es indispensable sentirse implicado y relevante.
El borrador de bases programáticas sólo menciona en un par de oportunidades la necesidad de un debate en torno a la reforma constitucional, a pesar de haber elaborado, en el anterior Congreso Rodney Arismendi, un documento específico sobre esta iniciativa. Considero que es la propia institucionalidad vigente la que aherroja al FA entre los barrotes de la democracia representativa, la que, lejos de inducir a la participación, la desalienta. Las tentativas carentes de institutos concretos de intervención ciudadana producen frustración y pasividad en la sociedad civil. No se trata de cuestionar o impugnar moral o cívicamente a las masas o a la militancia descontenta, sino de comprender que allí, donde la desilusión pretenda ser compensada con voluntarismo vacío de imaginación institucional que garantice la intervención en las decisiones que afectan a los participantes, el vacío será inevitablemente rellenado con lo realmente existente, que es precisamente aquello que desencanta.
Si la dinámica, organización y funcionamiento de los partidos políticos prefiguran el tipo de Estado que se proponen construir, o más específicamente de régimen de gobierno, y si el desencanto se advierte en ciertas proporciones de la ciudadanía politizada, el diseño institucional no resulta exclusivo de un programa de gobierno, sino simultáneamente de la práctica de sus autores. Quizás la introducción de esta hipótesis contribuya a problematizar la conclusión de Bottinelli en el reportaje ya aludido: el FA tiene problemas consigo mismo. El próximo Congreso será una ocasión para exhibirlos y mensurarlos.
De lo contrario, consumará la política del avestruz.