¿Por qué los médicos, por lo menos los de izquierda o los que trabajan para instituciones públicas, no pueden recorrer los barrios explicándole cara a cara a la gente las medidas que deben adoptarse para eliminar esta amenaza? ¿Por qué no hay militantes que organicen recorridas, por qué no hay autoridades del Frente Amplio que caminen los pueblos hablando con la gente, muy especialmente con las madres, las tías y las abuelas, y también los padres y los adolescentes, para estimularlos a limpiar todos los espacios hogareños en donde el mosquito puede poner sus huevos? ¿Y por qué no hay cuadrillas de vecinos recorriendo el barrio, eliminando focos de aguas quietas, neumáticos abandonados, recipientes perdidos llenos de agua?
¿Es acaso desdoroso? ¿O es que creemos que el país que soñamos lo vamos a construir sólo operando sobre las instituciones o en la relación capital-trabajo? ¿Cuán importante es para la izquierda impedir que ingrese el zika, sobre todo si es tan peligroso para los niños en gestación? Los propios técnicos reconocen que los insecticidas no matan a todas las mosquitas adultas, tampoco a todas las larvas, y menos aun a los huevos, que incluso pueden eclosionar de forma masiva si por alguna forma de comunicación biológica llegan a recibir la señal de que la población está decayendo. Además, estos insectos, con el tiempo, adquieren resistencia a los plaguicidas. A lo que no se pueden adaptar es a vivir sin agua. Su propia biología los hace extremadamente dependientes del agua, y es ahí donde entramos nosotros, los humanos.
El problema de la militancia es central para la izquierda. Y la militancia es la organización de las fuerzas del pueblo para conquistar causas populares. La causa de prevenir una epidemia o combatir un brote de una enfermedad que potencialmente puede afectar a miles de personas, pero que puede ser controlada y hasta erradicada si se consigue erradicar el vector, como ya se logró hace 60 años, exige organización y militancia. Y además de ser imperioso por la salud de la población, es una excelente oportunidad de dinamizar las organizaciones populares, entre ellas los partidos políticos, las organizaciones sindicales y los movimientos sociales en general. No estamos ante una catástrofe, pero deberíamos tener presente que en varias oportunidades en el siglo XIX, este mismo mosquito, transmitiendo otra enfermedad viral, la fiebre amarilla, para la que ahora existe vacuna, aunque casi ningún uruguayo esté vacunado, diezmó Montevideo. Mató a más de 20.000 personas en una ciudad en la que vivían 140.000. Ya el 31 de diciembre de 2015 la Organización Panamericana de la Salud declaró la emergencia epidemiológica por la reaparición de fiebre amarilla en Brasil, Bolivia y Perú. En los últimos años sólo se había detectado, en varios países de América del Sur, la variedad selvática, que afecta a primates no humanos y a hombres que estén en contacto con mosquitos que han picado a monos infectados. Pero la alerta se produjo cuando comenzó a sospecharse de brotes urbanos, ante los fenómenos climáticos y de movilidad que permiten que la enfermedad se propague a centros poblados, en países con gran infestación de Aedes aegypti.
Si no se logra el compromiso militante de la población para controlar el vector y, de ser posible, erradicarlo, más temprano o más tarde, los virus que son transmitidos por el mosquito y que están en los países vecinos pueden comenzar a circular en Uruguay y afectar a la población. No basta con campañas publicitarias ni con fumigaciones, mucho menos con esperar que el cambio de estación saque a los mosquitos de circulación, porque el año que viene vamos a tener el mismo problema, y quizá peor. El desafío es organizar a la gente, a los vecinos con información de calidad, de primera mano, con pautas claras brindadas por médicos que recorran los barrios. Detener el dengue e impedir que ingresen los otros virus es desatar una guerra de liberación nacional contra el vector, y para eso, además de campañas inteligentes del Estado, se necesita lucha, militancia, participación popular. Algo que a la izquierda no debería sonarle ni exótico ni imposible ni indeseable.