Los argentinos podemos dar fe de que únicamente por esa indiscutible y muy valiosa "clase internacional" era posible conferir alguna posibilidad en este certamen al once celeste. Y porque siempre nos ha parecido muy respetable esa gran condición es por lo que nos permitimos no descartar el nombre del Uruguay cuando, en comentarios previos al Campeonato del Mundo, ensayamos un cálculo de probabilidades. Sin embargo, forzoso era rendirse a la evidencia después de realizados los primeros matches y aceptar que el de Brasil aparecía como el equipo mejor dotado técnicamente y con mayores ventajas para adjudicarse el título de campeón. }
Sus victorias por goleadas sobre Suecia y España robustecieron esta impresión. Colocados los dos cuadros sudamericanos ante la perspectiva de definir entre sí el primer puesto, celebrábamos lo que resultaba una magnífica demostración de capacidad y la satisfactoria confirmación de un poderío que había sido negado o subestimado por quienes elogiaban al fútbol europeo olvidando todo lo bueno que había hecho en los últimos veintiséis años el fútbol de América del Sur y sobre todo el del Río de la Plata. Analizando fríamente el match que iban a sostener Brasil y Uruguay se llegaba a la conclusión que sólo multiplicándose y agigantándose podrían los uruguayos "hacer partido".
El domingo vivió una jornada histórica ese fútbol uruguayo. Y el eco de su triunfo excepcional se escuchó en Buenos Aires. Cuando por los altavoces del estadio de River Plate se dio a conocer el resultado del match Brasil-Uruguay estalló una ovación estruendosa, que ni siquiera permitió escuchar las cifras del score. Y como ahí se encontraba un representante de esa alta clase internacional -Walter Gómez-, a él se le tributó una viva demostración de simpatía. Sus compañeros lo rodearon y en su honor corearon un "hurra" expresivo que aprendieron en México durante una de sus giras.
Uruguay, campeón del mundo. Estupenda victoria. Nuestras felicitaciones a ese magnífico exponente de calidad y de corazón.