Allí se produce un hecho inesperado: una movida del presidente estadounidense que en nuestra jerga se ha trasformado en el clásico “tiro por la culata” o en, términos más académicos, el “efecto boomerang”. Para entenderlo, como todos los temas políticos, es necesario verlo en el contexto cultural, los usos y costumbres del país donde ocurren. Acá no estamos acostumbrados a votar por correo. Hasta se plebiscitó, con resultado negativo: no sobre el voto exterior (derecho constitucional no reglamentado), pero por correo no.
En EEUU es diferente. Primero, su origen anglosajón les evitó heredar la cultura burocrática española. Se vota en el barrio de uno. Quien se muda hace su registro vecinal. No hay que hacer cambio de credencial ni papeleo alguno. Basta presentarse con un documento con foto. Igual la libreta de conducir. O por correo, ya sea por enfermedad, pereza o viaje. El correo tiene un inusual prestigio.
Fundado cuando el país tenía apenas tres lustros de vida, el correo se usa para declarar impuestos, fijar residencia, etc. Los que ya tensemos canas recordamos las películas del Lejano Oeste (de cowboys). La diligencia era una protagonista fundamental porque llevaba el correo. Ahora no podrían existir. Los malos eran los indios que ahora reclaman las tierras que les robaron “los buenos” y no dejan que diga que es “roja” su piel. Pero el prestigio del correo que llevaba la diligencia subsiste. Recordamos el célebre rodaje de 1939 dirigido por John Ford y protagonizado por John Wayne: La diligencia.
El tema es que en la elección de noviembre próximo, el voto por correo va a ser decisivo como resultado de la pandemia, el distanciamiento sanitario y el “quédate en casa.” Allá todo votante recibe un sobre especial para sufragar por correo, con las boletas entre las que debe optar. ¿Qué hace Trump? Nombra un nuevo director de correo y le pide que anuncie que el voto epistolar no va a ser seguro. Como si fuera poco, anuncia que habrá fraude en su contra y se niega a decir que va a respetar el resultado electoral si pierde. El propio senador Sanders dice que el hecho “no tiene precedentes en la historia” de aquel país.
Acá en el Sur, Uruguay primero anuncia que va a votar a la presidencia del BID, puesto estratégico para la pospandemia, al candidato de Trump. Hace oídos sordos a la opinión contraria del canciller del momento, Ernesto Talvi, y del propio expresidente Sanguinetti, quien había firmado una carta que recorrió el mundo, sosteniendo que no se puede ser sede y ejercer la presidencia del organismo a la vez (caso de EEUU). El otro candidato es latinoamericano, el argentino Gustavo Béliz. Votamos al de Trump.