La hipótesis más estrictamente económica se remite al lugar que ocupan los combustibles en el conjunto de las economías domésticas, afectando el poder adquisitivo en general. El anuncio de su aumento ha actuado como disparador de las movilizaciones y piquetes, aunque la razón es más amplia. El paulatino deterioro del transporte público, la privatización capilar del mismo a través del automóvil particular (que retomaré en la hipótesis sociológica) hace que los gastos en combustible resulten determinantes en el conjunto del presupuesto familiar. Sufrió aumentos continuos en el transcurso de los últimos meses, siguiendo el precio del petróleo en el mercado mundial y el anuncio de su próximo aumento a partir del 1 de enero, incrementando más aún el gasoil que la nafta a través de la elevación del impuesto que se suma al deterioro constante de las condiciones de vida de la gran mayoría popular. Las clases populares fueron forzadas al uso de automóviles diésel, al punto que el 60% o más de los coches individuales poseen este tipo de motor. Del litro de gasoil a 1,45 €, el 60% corresponde a impuestos. El gobierno de Macron también prevé incrementos para los años 2020 y 2021. En total, el consumo del gasoil representa el 80% del consumo de todo carburante, que en lo que va del año sufrió un incremento del 23%. Justamente el costo del transporte en coche, y sobre todo el diésel, ha explotado estos últimos años y se sitúa en un contexto en el que el índice de inflación oficial se ha utilizado como pretexto para no incrementar los salarios comprimiendo, lo que abate el poder adquisitivo. La última fase de reformas fiscales del gobierno, con la supresión del impuesto sobre las fortunas, la reducción del impuesto sobre las rentas del capital, producirá el resultado económico inverso al de la gran mayoría social. El 1% de la población verá incrementar sus fortunas en un 6% en 2019. Al mismo tiempo, el 20% de los más pobres, con las reformas de los subsidios para vivienda y la reducción de las pensiones, verán reducirse sus ingresos sin ver incrementadas las prestaciones sociales al mismo tiempo que los precios siguen incrementándose. No debe interpretarse como una debacle al estilo actual argentino, brasileño o venezolano, de carácter abrupto y demoledor. Ni siquiera es comparable a otras crisis europeas como la española o griega. Es, antes bien, un deterioro paulatino, por goteo, que se remonta a las últimas 3 décadas. El estallido actual responde a la totalidad descendente.