Mientras un Mujica se reúne con los exintendentes de su gestión –en la cual se alcanzaron logros históricos, como la patente unificada–, sobre todo los blancos wilsonistas y los exintendentes del FA, y hablan de la coyuntura, pero también del valor de la mirada abarcativa, plural, de grandes acuerdos, el otro Mujica hace gala de su nueva ropa de desertor y se reúne con el club de lo peor del herrero-lacallismo, cuyos representantes, sugestivamente, no concurren a la reunión con Pepe Mujica. Es decir, se reúnen con el desertor, pero no con el adversario, con lo que alientan la deserción y no el diálogo entre los que piensan distinto. Son cosas para mirar con atención. No son detalles y nos habla de los proyectos que se traen entre manos.
Al mismo tiempo que los Mujica alborotaban el avispero del partido de Oribe, mostrándonos sin proponérselo dos formas de ser blanco y dos formas de hacer política, el presidente Vázquez se fue de gira por dos de los lugares más golpeados de los últimos tiempos: Juan Lacaze, golpeado por el cierre de la mayor de sus fuentes de trabajo, y Dolores, arrasada por una catástrofe climática. En ambos sitios se empapó de gente, dio la cara con iniciativas para las personas más afectadas, y mostró la disposición del Estado y su voluntad concreta de seguir los casos personalmente, casi sin intermediarios.
Ese es el Tabaré que el pueblo quiere ver. Eso no implica que su cadena de radio y televisión no haya sido útil. Pero la gente lo quiere ver así, haciendo giras, enfrentando los problemas, volcando recursos en donde más se necesita, codeándose con el pueblo humilde, que es el que más necesita al Estado. Ese es el camino. Y no es demagogia. Muchas veces ante situaciones muy dramáticas, no basta con soluciones administrativas, con instituciones y papeles, ni siquiera con obras frías: la gente necesita sentir que el presidente, que el intendente, que el ministro, que el legislador sabe lo que le pasa, sabe lo que está sufriendo, conozca el territorio, estreche su mano, converse cara a cara. Porque esos gestos, además del empeño del Estado y los recursos indispensables, alientan, dan ánimo, cambian la mirada de las cosas, organizan. Y el pueblo entusiasta, animado, organizado, que se sabe acompañado por la maquinaria del Estado puede, cambiarlo todo.