La caída electoral y sus motores
Uno: la tendencia al desgaste del gobierno y gobernantes es una de las principales causas del decrecimiento electoral, que con el paso del tiempo de gobierno formula una tendencia descubierta y anunciada por Herbert Spencer hace 150 años. En su asombroso uso pionero de la antropología en política –El fetichismo político– se pregunta por qué votantes reiteradamente desilusionados de sus votados vuelven a tener fe y esperanza en nuevos candidatos. Talvi en Montevideo, Lacalle Pou en el interior y Manini en el interior y en los circuitos lumpen capitalinos son los nuevos fetiches que sustituyen a otros ya desgastados que han adquiridos rasgos de chivo expiatorio. Concluye en la necesidad humana de esperanzas y, por tanto, de fe en nuevos depositarios de ilusiones y esperanzas. En este sentido, la política solo es segunda de las religiones en estas desesperadas invenciones de las sociedades humanas. Spencer afirma que los candidatos son ‘fetiches’, objetos cualesquiera revestidos de cualidades creídas como extraordinarias, que son depositarios de intereses y sentimientos profundos, proyectados en ellos. Los fetiches disfrutan de su desmesurada esperanza y fe en ellos, pero en compensación corren el riesgo de volverse ‘chivos expiatorios’, exagerados culpados por desilusiones, fracasos, críticas e insuficiencias del fetiche en satisfacer a tan desmesurados y esperanzados creyentes. El ‘voto castigo’ está motivado, entonces, tanto por una crítica racional y objetiva de la gestión, como por un rechazo irracional y subjetivo a aquellos fetiches que no respondieron como tales, ahora convertidos en chivos expiatorios, tan irracionalmente como fueron ascendidos a fetiches, tan poco fundadamente como fueron investidos. No resisto la tentación, lector/a, de recordar que, con los jugadores nuevos y con los ausentes en una derrota existe el mismo juego de esperanzados fetiches que pueden volverse chivos expiatorios si no responden a esas esperanzas desmesuradas y ubicuas. Ni hablar de los directores técnicos. Es una ubicua perversión psicosocial probablemente tan antigua como las sociedades humanas. El Frente Amplio se vuelve, en algunos aspectos, chivo expiatorio para muchos de los que lo erigieron en fetiche desde 1999.
Dos: votos prestados y no ideológicamente sustentados. Este tema no es menor: el propio Tabaré Vázquez pidió votos prestados para superar la crisis de 2002 en 2004. No puede esperarse fidelización político-electoral como producto lógico de la gestión de un fetiche con grandes probabilidades de volverse chivo expiatorio, y desde un conglomerado político que no reclamó ni continuidad en el apoyo, ni coincidencia ideológica con esos votantes que prestaron furtivamente su sufragio. Gramsci se escandalizaría de este pragmatismo electorero, porque sin trabajo ideológico el imaginario de la sociedad civil no impulsará ni sustentará la dominación política, fuera como fuere obtenida; la dominación se asegura y galvaniza con hegemonía. Votantes que vieron en Mujica un alter ego de Pacheco, si no fueron formados para ver argumentos políticos más allá de atractivos carismáticos puntuales, pueden perfectamente ver en Manini un alter ego de Mujica, a su vez alter ego de Pacheco. Y, a lo que parece, hay un electorado desideologizado, pancista, lumpen, socioeconómica y educacionalmente sumergido, que vio en Manini a un Pacheco más poderoso fetiche autoritario, semidiós dispensador de bienes materiales y de moralidad límpida, que lo que fue Mujica. Si se piden votos prestados y no se forma a la gente, si se olvida así a Gramsci, no pueden lamentarse inconsistencias político-ideológicas semejantes. Ahora, a quienes ya completaron el periplo Pacheco-Mujica-Manini, o Mujica-Manini, se los buscará para que apoyen en el balotaje a quien sea recomendado por el autoritario carismático y populista ‘suplente’ de Manini respecto del balotaje. ¡Ufff! Hace 100 años Max Weber ya temía la conversión paulatina de las democracias en populismos carismáticos, lo que viene ocurriendo aceleradamente, como se ve en el mundo, incluido el adalid del republicanismo democrático, los Estados Unidos de Donald Trump.
Tres: la desilusión es connatural a la sociedad de consumo capitalista, y tradicional sentimiento psicosocial político. El político promete lo que no podrá cumplir, y contribuye al fetiche con ello; pero simultáneamente aporta a un chivo expiatorio, sucesor probable y metamorfósico del fetiche. Esa desmesura de promesas es requisito casi necesario del atractivo electoral, ya que quien no lo haga perderá con los que lo hagan, por más infundado y riesgoso que esto pueda ser o resultar este proceso; y alguien lo hará. Esta constante histórico-política se ve potenciada por el mecanismo típico de la sociedad de consumo, de desplazamiento en fuga hacia adelante del deseo por objetos, como depositarios de sentido, estatus y diferenciales. En una sociedad capitalista de consumo, el mecanismo de construcción de fetiches, que pueden devenir chivos expiatorios, se agudiza por la necesidad de que la oferta tenga el reaseguro -para su venta a la demanda- de la garantía de la inexhaustibilidad y progresividad del deseo y de las ilusiones materiales de su satisfacción objetual. Es necesario que la gente desee y se ilusione cada vez más, que se desilusione cada vez más, que construya fetiches políticos y que fetichice mercancías como satisfactores de demandas que aseguren la compra de la oferta material, en su metástasis de cantidad, calidad y novedad. Si una fuerza de crítica estructural del capitalismo de consumo acepta la trampa de la construcción de fetiches en una democracia que va hacia el populismo carismático, casi naturalmente desarrollará fetiches capitalistas de consumo, aspirará a ‘nuevos uruguayos’ consumistas, y evaluará gestiones pasadas y candidatos noveles en función de criterios capitalistas de consumo, sobre todo aquellos más necesitados y postergados en esa carrera consumista, políticamente anclada. Algunos de los que fetichizaron al FA y a sus líderes carismáticos y populistas, tendrán que soportar ahora que el PN en el interior, el PC en capital, y que Manini en el interior y en los circuitos lumpen se erijan en nuevos fetiches que sustituirán a fetiches devenidos chivos expiatorios.
Pistas para una campaña al balotaje
¿Podrá revertirse en un mes un panorama político-electoral tan profundamente anclado en una doble y convergente tendencia a la democracia populista-carismática y al capitalismo de consumo psicosocialmente instalado? Difícil para Sagitario, pero no imposible. Y ante la imposibilidad de construir hegemonía gramsciana contra-ideológica, ¿hacia dónde se puede apuntar para adquirir renovadas chances electorales? Quedará el desarrollo para una próxima columna, pero comparto la siguiente breve y escueta lista:
Uno: generar un comando de campaña diferente, con énfasis en el lema y no ya en la distribución endógena de poder electoral, proceso casi cumplido con la elección parlamentaria de octubre y que se completara posbalotaje en mayo con los comicios departamentales.
Dos: la renovación generacional no puede olvidar el atractivo de la santísima trinidad Vázquez-Astori-Mujica y líderes menores de esa generación, que han echado raíces y deben recorrer el país y ser vistos como generaciones con más continuidades que rupturas.
Tres: deben construirse mensajes dirigidos a audiencias estructuralmente diversas, como recomendaba Aristóteles en su Retórica. Me parece que debería haber un discurso para élites económicas y académicas, otro para clases medias, y otro para clases bajas y lumpen; capas, estas tres, con miedos, ilusiones y deseos tan diferenciables como político-electoralmente relevantes.
Cuatro: concentrar baterías en subgrupos políticos que pueden hacer diferencias con comportamientos diversos de los manifestados en primera vuelta: blancos no herreristas y antilacallistas en el interior; colorados estatistas batllistas antiblancos; interior profundo y lumpen urbanos ‘maninizados’.
Pero que este pragmatismo cortoplacista no olvide que si no se critican y superan el capitalismo de consumo y la tentación populista carismática, con su exasperación por el comando hegemónico de medios de comunicación imbecilizados y simplificados por las redes sociales, cada vez habrá que remar más fuerte contra la corriente.