Un costado adicional del problema es la increíble insensibilidad de las autoridades ante este tema. Desde el presidente de OSE, afirmando, suelto de cuerpo, que el agua no es potable pero es consumible, la vicepresidenta del organismo, llamando a no comprar Coca-Cola, hasta operadores del oficialismo cargando tintas contra una imaginaria conspiración de frenteamplistas de todos los rubros, como si hubiesen concertado denunciar que el agua es intomable y no sirve ni para cebar un mate.
La falta de reflejo de los jerarcas, que en comunicados ahora desmentidos, pero en su momento reales, sugerían saborizar el agua con menta o romero, para que los niños se la tomaran igual, contrasta con la velocidad de la Intendencia de Montevideo, que rápidamente acordó con Cambadu un mecanismo de distribución de agua embotellada para los usuarios de las policlínicas municipales. La reacción de la intendenta Cosse fue duramente criticada por el oficialismo, como si repartir agua potable fuera demagogia o clientelismo electoral y no una medida obligatoria de atención a la ciudadanía, pero fue ampliamente apoyada por la gente, que observó cómo las autoridades del departamento salieron decididas a enfrentar el problema con medidas concretas, correctas y oportunas.
Es posible que entre nuestros gobernantes haya muchos que nunca tomaron agua de la canilla, que no pueden salir de su microexperiencia de aguas envasadas y no tienen idea de la importancia del agua corriente para el consumo de la gente. Quizá ese abismo de pautas de consumo origine su incomprensión profunda y explique lentitud para adoptar medidas indispensables de compensación y mitigación del daño.
Es una muestra de que no conocen la sociedad que gobiernan, pero una muestra de una elocuencia alucinante.
Ahora cabe preguntarse si este fenómeno, que esperemos transitorio, no es un argumento contundente contra el proyecto Neptuno que el gobierno seleccionó contra la opinión de los informes técnicos, porque ahora todo el mundo pudo sentir en su paladar ese futuro advertido de sacar agua del Río de la Plata, un río con una salinidad muy superior a la admisible durante buena parte del año. Sería bueno que tomen este botón de muestra antes de empecinarse con un proyecto privatizador, ambientalmente complejo y que, probablemente, nos termine ofreciendo agua salada muchos meses por año.