A juzgar por los chats que se han filtrado de entre las 1.300 comunicaciones que habrían sido recuperadas de Astesiano, salvo que todo sea alarde, simulacros y delirios del señor Fibra, hay una cantidad de irregularidades, delitos o actos de corrupción que involucran a un número indeterminado de funcionarios, jerarcas y autoridades políticas, incluyendo al presidente, que más temprano que tarde tendrá que explicar de qué tipo era ese “pescado congelado” que recibió de los desiertos de Emiratos Árabes y cuán habitual era que Astesiano figurara como destinatario de cosas que eran para él, o que arreglara reuniones e hiciera gestiones para acercarlo a negocios donde había mucha plata, y hasta se comunicara con autoridades de otros países como un cancilller en las sombras, de un Uruguay en las sombras para un mundo en las sombras, donde se ve que se movía como pez en el agua.
Hace rato que la teoría del perejil o el fantoche que se aprovechaba de la confianza de presidente confianzudo y naíf, pero incapaz de decir una mentira, no se sostiene más. Primero porque el presidente no es incapaz de mentir, sino un hombre que ha mentido y ha mentido mucho. Segundo, porque Astesiano desplegaba un poder real, mucho más allá del alcance de ningún perejil o funcionario de menor jerarquía: ordenaba operaciones seudopoliciales, hacía gestiones internacionales, emitía pasaportes a discreción, incluso diplomáticos y, según sus comunicaciones, tenía acceso a las cámaras del Ministerio del Interior, autos oficiales y tecnologías supersofisticadas y de acceso restringido para vigilancia, espionaje, seguimientos, entre todas las que no sabemos porque de los 1.300 chats, se ha filtrado un puñado.
Astesiano no era un perejil, eso está claro, pero la pregunta central es si era el capo de esta organización para delinquir que se comandaba desde la Torre Ejecutiva o, lamentablemente para la salud institucional de este país, el capo estaba arriba de él. Y esa es la investigación más importante para la Justicia y para el Uruguay hoy: es absolutamente indispensable determinar si el presidente u otras autoridades de Presidencia o de otros organismos del Poder Ejecutivo eran piezas de este esquema de corrupción.
Por lo que ya ha trascendido de las comunicaciones de Astesiano, si algo de lo mucho que hablaba era cierto, la situación es gravísima, pero si, además, sucediese que todo o una gran parte de lo que se jactaba o decía tuviese contacto con la realidad, estamos ante el caso más grave de corrupción institucional en muchos años. Esta causa se puede llevar puesto a cualquier gobierno, pero, pese a eso, hay que alcanzar la verdad, cueste lo que cueste, duela a quien le duela y caiga quien caiga.