No cabe decir que el presidente, de mínima, es un zapallo que le pasó un tren del crimen por el costado. No cabe decirlo porque aunque el presidente, por el momento, no ha destacado por su luminosidad, Astesiano tampoco, y es obvio que no pudo hacer todo lo que hizo sin que el presidente supiera. ¿Acaso ninguno de todos los interlocutores que tan bien lo conocían le habría dicho al presidente que su jefe de custodia tenía una doble vida? ¿Que de día lo cuidaba y de noche delinquía? Imposible. El presidente sabía y si no sabía todo, sabía, por lo menos, mucho, mucho más de lo que hasta ahora sabemos.
El caso que comenzó siendo el caso de los pasaportes hace rato que ya se trata de otra cosa. Se trata de un entramado mafioso instalado en las cumbres del poder del Estado con propósitos políticos y económicos. La runfla se encaramó y actuó como actúan las runflas, sin detenerse en ningún principio de legalidad.
Este es el escándalo más grande desde la recuperación democrática. Da cuenta de un esquema de corrupción sin piso y sin techo, y un grave deterioro de la institucionalidad del que no teníamos cabal conciencia. Le han hecho un daño impresionante a nuestro país, no sólo en el rostro expuesto de una concepción política excluyente, insolidaria, para pocos, sino en el anverso oculto del poder, donde Astesiano hacía y deshacía barbaridades, usando los recursos del Estado de forma mafiosa, para amedrentar, extorsionar, y hacer negocios ilegales, siempre con el poder invocado de sus superiores y, entre todos ellos, con el poder indudable que le daba ser el hombre de mayor confianza del presidente, el hombre al que el presidente le había encomendado nada menos que su custodia y la custodia de su familia.
Este escándalo no tiene solución. El residente parece no haber tomado conciencia de eso y, probablemente, sus acólitos no tengan el valor y la independencia para decírselo. Pero no tiene solución, mucho más allá de cómo prospere el trámite judicial. La suerte del presidente ya está echada.