Ahora bien, hace mucho tiempo que se debaten estas cosas. Y es conocida la resistencia, especialmente de la derecha, pero también en algunos ámbitos de la izquierda, a la autonomía y a cualquier forma de cogobierno. Algunos consideran que esos institutos cordobeses conforman una díada de desconexión con la sociedad e ineficiencia. Dicen que si el poder político no tiene incidencia directa en la enseñanza, entonces se le entrega la política educativa a corporaciones que, por sus propias lógicas, se apartan de los intereses ciudadanos. Otros tantos, quizá más, consideran que ámbitos muy democráticos de gobierno son ineficientes. Que los cambios que impone la dinámica de la realidad no pueden ser acompasados por instituciones gobernadas por amplísimos colectivos en debate.
Para refutar ambas observaciones, vale la pena repasar lo que sucede y ha sucedido en la Universidad de la República. ¿Por qué? Porque siendo la Universidad la única institución educativa verdaderamente autónoma y cogobernada, nunca ha caído en ningún vicio de desvinculación de las necesidades de la sociedad, y sus graduados siguen siendo de altísimo nivel, completamente actualizados y la institución es ampliamente reconocida por su permanente vocación de cercanía con lo que pasa en nuestro país. No forma para un mundo que no existe o un Uruguay que no es. Por el contrario, tiene miles de canales de comunicación con la sociedad, con el sistema productivo, con el resto de las instituciones y adapta sus métodos y planes de estudio a una velocidad que ya quisieran el resto de los subsistemas.
En las últimas dos décadas la Universidad cambió mucho más que primaria o secundaria. Cambió todos sus planes de estudios, se proyectó a todo el territorio nacional, creó carreras, facultades, posgrados, grupos de investigación, diseminó conocimiento por todos lados y multiplicó por dos su matrícula. La Universidad se adaptó hasta a la pandemia, se transformó en completamente virtual cuando fue necesario, repartió computadoras entre los jóvenes, garantizó asistencia sanitaria, diagnóstico, desarrolló soluciones para enfrentar el flagelo, proporcionó a los mejores científicos, hasta puso plata. Y todo lo hizo con cogobierno, autonomía y sin ninguna dotación de recursos de este gobierno.
Ahora que se discute simultáneamente el presupuesto de toda la enseñanza y la reforma educativa en primaria y secundaria, observemos los contrastes: en la universidad el conflicto no es para adentro, es hacia afuera, y la comunidad toda, incluyendo docentes, funcionarios y estudiantes, es apoyada por la institución en esta lucha por que se destine dinero a su presupuesto. En cambio, en la enseñanza bajo la órbita de la ANEP el conflicto es interno a la propia institución, la comunidad enfrentada con el Codicen y el Codicen alineado con el gobierno en una lucha que no puede terminar de otra manera que en un fracaso.
Hay que analizar con serenidad y comparar: el modelo autónomo y cogobernado de la educación superior es infinitamente mejor que el otro y sus resultados son, por lejos, más exitosos. Por algo es. Hay que ser necio para no rendirse ante tanta evidencia.