¿Tiene alguna posibilidad de éxito una estratagema tan ostensiblemente engañosa? Depende. En principio es importante observar que es un tipo de diseño que depende mucho de las maquinarias publicitarias y esas maquinarias las tienen todas a su disposición. Si logran instalar un clima de recuperación y una sensación generalizada de que ha pasado lo peor del ajuste y ahora viene el camino hacia la bonanza, puede haber mucha gente que se “coma la pastilla” y los vuelva a elegir, pero, claro, una estrategia así enfrenta el problema de todas las cosas prediseñadas en agencia: la realidad siempre viene cargada de imponderables y todo lo que en los papeles parece un crimen perfecto, a la hora de la verdad puede hacer agua por todos lados.
Hay que tomar en cuenta algunas cosas. Luego del referéndum, que se saldó con una victoria por la mínima de la posición del gobierno, pero una evidente desacumulación de sus fuerzas y un crecimiento bestial de las fuerzas opositoras, cada vez más organizadas, con mayor capacidad de movilizaciones, con mejor sintonía y con una potencia política y electoral a corto plazo formidable, el gobierno tomó conciencia de que por ese camino marchaban a la derrota. En los meses siguientes, la situación del gobierno comenzó a empeorar sondeo a sondeo, la opinión pública se le dio vuelta y nada indica que ese desbarranco pueda ser revertido sin medidas mucho más profundas y generosas de las que el gobierno está dispuesto a tomar. Además, hay varios indicios de que el control político de la coalición es cada vez menor y, por lo pronto, dos proyectos claves para Lacalle Pou no parecen contar con los votos en este momento: la derogación de la ley de medios – fundamental en su relación con los grupos hegemónicos de la comunicación – y la ley de tenencia compartida, un proyecto con el que Lacalle pretende reunir el voto antifeminista y más conservador, al mejor estilo Bolsonaro, aun cuando implique pasar por arriba del interés superior de los niños y las niñas.
El gobierno de Lacalle Pou ha sido un gobierno con una orientación clarísima a favor de las clases altas y el empresariado, sobre todo rural, pero ha sido un gobierno de malísima calidad. Lacalle Pou es un dirigente político con mucho menos formación que su padre y el elenco que lo acompaña no tiene el nivel del elenco herrerista que secundó a Lacalle Herrera. No hay que ponerle nombre a las comparaciones para dar cuenta de este fenómeno. Con todo, cualquiera de los dos gobiernos ha sido, francamente, de derecha y con un reflejo cheto que hasta produce cierta repugnancia. Lo que tiene este gobierno, de lo que no gozó su padre en semejante medida, es un blindaje impresionante, acaso el más grande de la historia post dictadura. Ese blindaje innegable no le está siendo suficiente para evitar la caída de popularidad acentuada, pero existe y seguirá existiendo hasta el final del mandato, conviene no olvidarlo.