No es estrictamente una derecha política sino una derecha antipolítica, autoritaria, orbitando en una psicosis colectiva, impermeable a la razón, a los fundamentos y a la realidad. Son capaces de invocar santos, dioses, extraterrestres, figuras legendarias y hasta espectros, y actuar de acuerdo a escenarios ilusorios en el paroxismo de la disonancia cognitiva. Odian y temen al mismo tiempo, y odian porque temen, y temen porque odian, incapaces de seguir el hilo hasta el origen de sus pensamientos.
La democracia vive tiempos complejísimos. En los últimos años una cantidad de golpes de Estado y otras manifestaciones de violencia política extrema han sacudido la región. Para no retroceder mucho, la derecha ha intentado y/o ha conseguido dar golpes en los últimos 20 años en casi todos los países de la región, y donde no ha llegado hasta ese extremo, ha introducido una violencia discursiva, utilizando el formidable aparato mediático y el inmenso poderío económico del que hace gala. Ahora mismo, una dictadura sangrienta está produciendo masacres casi a diario en Perú y el silencio internacional sobre lo que está pasando es desolador. Hace poco más de dos meses, intentaron asesinar a la vicepresidenta de Argentina que, semanas después, fue sentenciada a prisión e inhabilitación perpetua por una mafia mediática judicial que actúa de forma impune, pese a la abrumadora cantidad de pruebas. Días atrás fue detectado y desmontado un aparato explosivo en el camino a la casa de la vicepresidenta de Colombia, y no mucho antes, un paro secesionista y tremendamente violento impulsado por la derecha de Santa Cruz de la Sierra puso en jaque a Perú.
En Uruguay, diariamente operadores del gobierno utilizan redes sociales y medios de comunicación para denigrar y agraviar periodistas, políticos opositores y gente corriente, sin ningún apego a la verdad y con absoluta impunidad. Lo hacen con el mismo propósito, incitar al odio, identificar un enemigo difuso que hay que hay liquidar, vencer y exterminar en nombre de una idea ya no política, sino demarcatoria de lo que puede venir y no sobre la faz de la tierra.
O se actúa de modo inmediato contra esta cultura del odio o seguirán sucediendo y cada vez con más fuerza y peores consecuencias, episodios como los que vimos en Brasil y los que estamos viendo en Perú, con desenlaces dramáticos y sangrientos, produciendo una herida irreparable a corto plazo en el tejido social. Hay que parar la mano ya porque se le va a ir de las manos hasta a sus propios instigadores.