El que quiera oír que oiga
Todavía hay tiempo, pero es mucho el trabajo que hay que hacer para remontar, para recuperar la confianza y la adhesión, para volver a enamorar a todos los frenteamplistas.
Las dos tareas indispensables que tenía el Congreso del Frente Amplio “José Pepe Mujica” eran mantener la unidad sin desprendimientos y hacerlo poniéndole un coto a la deriva ideológica de la izquierda. El primer objetivo es de comprensión inmediata. Sería un desastre que la fuerza política de los cambios se dividiera y, encima de trágico, sería insólito que se rompiera en tiempo de victoria, cuando, en los papeles, el Frente conduce el país y viene de un clamoroso triunfo electoral después de cinco años de gobierno del adversario. Pero el otro objetivo, quizá no tan evidente para muchos, no es menos importante: había que parar esta exploración de los límites de tolerancia de los frenteamplistas acometida irresponsablemente por los que se dejaron endulzar los oídos por los profetas del pragmatismo, los influencers de la nada, los analistas de agencia, los discursos dominantes y los tecnócratas sin militancia, recién llegados, pero, aún así, pletóricos de una arrogancia sin méritos ni cicatrices que la justifiquen.