Ahora bien, el problema central del razonamiento que lleva a la fiscal a indagar a Leal es que cualquiera se da cuenta de que a los únicos que puede interesarles entorpecer la investigación es a las autoridades del gobierno y no a los dirigentes opositores, ya no solo por vocación de justicia, sino por el leit motiv de una oposición en cualquier parte del mundo: ser contralor y fiscal del gobierno, sobre todo de uno que funciona como una máquina de embarrarla.
Desde que empezó el caso, ha quedado claro que la fiscal no quería agarrarlo, que le quema las manos. También ha quedado claro que la fiscal nunca ha querido juzgar hacia arriba. De otro modo no se explica que Ferrés, Delgado o Nicolás Martínez nunca hayan sido indagados. Tampoco el presidente, que cuando declaró lo hizo como testigo y con el beneficio de una reserva que será, seguramente, para siempre.
No importa que haya capturas de pantalla que demuestran que el presidente le pedía a Astesiano averiguar información que no correspondía, no importa que Astesiano lo invocara permanentemente, y no importa que la hipótesis más plausible sea que Astesiano respondía a las órdenes del mandatario; la fiscal construyó su teoría, esto es, su relato, y se dedicó a probarla para poder imputar y llegar a un acuerdo. Y su teoría, básicamente, es que Astesiano se aprovechó de su posición para cometer delitos, pero la otra teoría, la que es infinitamente más sólida, se ha dedicado a ignorarla: la teoría de que Astesiano no actuaba por sí y ante sí, solo como un polizonte escondido en los rincones de palacio, sino que era una pieza clave de una maquinaria que no empezaba ni terminaba con él.
La Fiscalía, de modo inapelable, decidió lisa y llanamente cortar el hilo por lo más delgado, que paradojalmente era el gordo Fibra, para fortuna nominal de Delgado, que zafó. ¿Por qué? ¿Por convicción, por cobardía, por no inmolarse, por sensibilidad política? Algún día lo sabremos a ciencia cierta.