Y ahora, finalmente, con timming concertado, la exfiscal lanza su carrera política en un sector del oficialismo y no en cualquiera, en el sector liderado por Laura Raffo, candidata del herrerismo tradicional, corriente política que responde directamente al presidente o bien a su padre.
Es tan grotesco lo que ha hecho Gabriela Fossati, ahora devenida política stricto sensu, que en cualquier lugar del mundo debería ameritar un escándalo. En Uruguay tal vez no, porque no tenemos todavía esa sensación de que todo es una joda, y este episodio pasará como una anécdota ilustrativa de la desprolijidad, pero no tendrá, por cierto, mayor vuelo. La carrera política de Fossati no parece conducir a ninguna parte, por lo menos por el momento.
Este Gobierno, que ya ingresó en su último tramo, no tendrá forma de esquivar su legado en la memoria popular. Y será un legado horrible. Un Gobierno atravesado por la corrupción, que no pudo explicar la existencia de una banda de la Torre Ejecutiva ni su relación con un jefe de los narcos. Pero, entre otros motivos, no podrá esquivar su legado porque la persona que tenía la responsabilidad de investigarlos, en lugar de ir hasta el hueso, terminó acomodándose en una de sus facciones, haciendo gala de una falta de valor y de independencia que la acompañarán como vergüenza para toda su vida.
El daño que le han hecho a la imagen del país es inestimable. Dañaron todo, incluyendo la confianza de la gente en la justicia, que está por el suelo, cuando se trata de investigar al poder. No le podemos desear, entonces, suerte a la señora Fossati, porque su forma de incursionar en la política es la más impresentable de todas.