No debe analizarse esta causa ni este fallo en términos jurídicos porque la causa no tuvo nunca nada que ver con la aplicación de justicia. Es una causa, entre otras tantas, política cuyo propósito es sacar del juego a la líder popular más importante de Argentina desde la muerte del general Juan Domingo Perón. Cristina continúa siendo el centro de la política de ese país, tenga o no un cargo institucional, y continúa siendo lejos la dirigente política con mayor adhesión popular y mayor intención de voto. Sus gobiernos y el de su extinto esposo Néstor Kirchner constituyeron el período político democrático más largo y transformador en décadas, y gozó siempre del apoyo mayoritario de los argentinos. Cada vez que Cristina fue candidata a presidenta, ganó. Ganó también cuando integró la fórmula como vicepresidenta. Ha sido hasta el momento inderrotable en las urnas en las que duelen. Y ha ocupado todos los cargos electivos posibles a nivel nacional. Constituyente, diputada, senadora, presidenta y vicepresidenta. Siempre por el voto popular.
Más que la cárcel, el fallo busca la proscripción bajo la figura de la inhabilitación perpetua. Es un fallo político típico donde se le suprime el derecho a ser elegida y a una gran parte del pueblo argentino se le conculca el derecho a elegirla. Es la vía que encontró el poder para impedir que nuevamente se convierta en presidenta ella o el espacio que ella conduce. Pero Cristina tiene la peculiaridad de ser mucho más firme e inteligente que sus detractores y es desde esa singularidad que debe interpretarse su decisión de no presentarse a nada y de esquivar el beneficio del fuero que podría obtener sencillamente si decidiera ser candidata a cualquier cargo electivo en las próximas elecciones, cuando todavía el fallo no va a haber quedado firme, dadas las diferentes instancias de apelación que sobrevienen. Le bastaría ir al Senado, a la Cámara de Diputados, para conjurar las consecuencias de esta condena, pero no lo hace, porque está claro que Cristina está mirando los acontecimientos con una mirada política de largo aliento y no buscando una salvaguarda personal ante una injusticia insoslayable.
Una vez más el entramado político, mediático y judicial con el que opera la derecha en buena parte del continente ha quedado a la luz, como sucedió en Brasil en 2018, cuando el ahora electo presidente Lula fue condenado a cárcel en una causa completamente amañada, cuyos pormenores también se revelaron luego de una filtración de conversaciones entre el juez Sergio Moro, fiscales y operadores que dejaba en evidencia hasta qué punto el sistema judicial corrompido había actuado para impedir que Lula fuese candidato y triunfara, como finalmente sucedió cuando todas las causas cayeron y Lula recuperó su libertad y compitió y venció frente a Jair Bolsonaro y a una impresionante maquinaria estatal puesta al servicio de ese psicópata ultraderechista que gobernó los últimos cuatro años.
Lo que se viene en Argentina es imposible de anticipar, pero cabe recordar que Argentina no es Brasil y el peronismo es una fuerza mayoritaria y movilizada, por lo que es improbable que se pueda apresar a su líder más importante sin una reacción masiva de sus bases. Cuesta creer que Cristina pueda ir presa sin una consiguiente inestablidad total, abonada por la convicción de que se está cometiendo una injusticia y, además, una injusticia contra una dirigente impar, una de las más importantes de la historia de ese país y de América Latina.
La derecha ha jugado todas sus cartas, ha dejado huellas por todos lados de su falta de escrúpulos para orquestar una condena haciendo uso y abuso de la podredumbre de un poder judicial a su servicio y sistema de medios hegemónico, comandado por el grupo Clarín, con la capacidad, ya no de instalar agenda, sino de dar órdenes a políticos y jueces como si fueran lisa y llanamente sus empleados. La derecha aspira a recuperar el gobierno en las próximas elecciones, quizá lo hagan, pero la presencia de Cristina condenada, sin fueros, asumiendo con valentía y convicción las consecuencias de su firmeza y su doctrina va a terminar imponiendo un límite, que está mucho más allá de lo que lo que una mafia política y mediática puede superar. Más temprano que tarde, el pueblo argentino le va a dedicar a cada a uno el lugar que le corresponde y a Cristina le va a corresponder la historia, la historia grande, la que ocupan las contadas personas que han representado la esperanza de su pueblo. El resto se perderá entre la hojarasca del tiempo.