Si un nuevo equipo fiscal se hace cargo de esta causa, la más grande de corrupción de las últimas décadas, es indispensable exigir que se revise toda la investigación y se analice toda la prueba, aunque para ello haya que destinar un equipo de voluntarios como en el juicio a las juntas de la Argentina en 1985. Y entre la prueba a analizar, no pueden excluirse nuevamente los chats de Astesiano con el presidente, si es que no los borraron todos definitivamente en esa maquinaria de encubrimiento que incluyó a todos los que tenían que investigar a fondo este escándalo. En la hipótesis que crece en la opinión pública, es muy probable que un análisis exhaustivo de la prueba y los chats, en los que se incluyan las comunicaciones de Astesiano con el presidente, demuestre que Lacalle Pou, lejos de no tener idea de lo que estaba pasando, está enterrado en el barro, como claramente lo está su entorno, de los cuales ya se conocen conversaciones e indicios.
El problema para el que agarre este caso es que es, efectivamente, una bomba atómica, como dijo la fiscal en los audios. Y es una bomba atómica no porque alcance a funcionarios policiales de diferentes rangos, de lo cual hay muchísimos precedentes en la historia y ninguno produjo un cisma institucional. Es una bomba atómica porque involucra al poder real, porque apunta hacia arriba y cualquier cosa que apunte hacia arriba, cuando se parte de una asociación para delinquir asentada en el piso cuatro de la Torre Ejecutiva, apunta al presidente.
En la entrevista concedida por Lacalle Pou a Blanca Rodríguez, seguramente planificada como parte de la contraofensiva que comenzó a gestarse con el acuerdo abreviado, la indagatoria a Leal, las denuncias a Pereira, Grille y Peláez, el discurso del 2 de marzo anunciando bajas en IRPF y IASS, el presidente no pudo esquivar los audios, que con su sola divulgación arruinaron toda su estrategia. Sus respuestas estuvieron, como siempre, plagadas de soberbia y cinismo. Hizo lo mejor que pudo, con ese estilo canchero y sobre todo “coacheado”, pero lo que hizo no le sirvió para mucho. La mayoría de la gente ya no le cree y, lo que es peor, la mayoría de la gente está convencida de que Astesiano no era un perejil ni un error de selección, sino un factor clave en un dispositivo para la joda, para la corrupción y la persecución política.
Por todo eso ahora hay que insistir en que un equipo fiscal dispuesto a llegar al hueso, a inmolarse si es necesario, agarre este fierro caliente e investigue todas las conexiones, así ya no se pueda revisar el acuerdo. Ninguna prueba puede ser excluida, mucho menos los chats con el presidente. Si se investiga así, con honestidad y profundidad, van a caer todos los concertados en esta maquinaria para delinquir. Y todos es todos, con todo lo que eso implica de doloroso para nuestro país, pero de desagravio para la democracia.