No quiero subestimar con esto los efectos a largo plazo que tendrá la manifiesta insensibilidad de la política económica que ha llevado adelante ni las consecuencias de la entrega del puerto, que se proyectarán por décadas, pero un legado de esa naturaleza no te abre paso a la historia y mucho menos al corazón del pueblo, lugares reservados para los que dejen algo que signifique una conquista o un progreso material o espiritual.
De sus promesas, no ha cumplido ninguna. Ni en seguridad, ni en vivienda, ni en educación, ni en tarifas, ni en salarios ni en impuestos. Las reformas que anticipaba no se han puesto en marcha, sus grandes planes de transformación brillan por su ausencia. La reforma de la seguridad social que, en apariencia, es lo único que insiste en impulsar, por lo que se sabe, no cuenta con los votos y, si los reuniera, significaría un golpe tremendo para la gente corriente, que deberá trabajar más años para jubilarse todavía con menos ingresos que los que percibe hoy un jubilado. Por el momento, la única estrategia de gestión de la que ha hecho gala este gobierno es el ajuste, un ajuste inmisericorde que no se detuvo ni siquiera ante la crisis sanitaria más grande del siglo. Un ajuste que ha desmantelado políticas públicas y contraído el papel del Estado, que ha hecho perder ingresos reales a la gente y que no tiene, como contraparte, ningún impacto positivo ni en inversiones ni en generación de empleo. Todo a pérdida de la sociedad real.
En los mil días que le quedan, haría bien el presidente en enfocarse a hacer algo productivo por este país al que gobierna. En lugar de subestimar el deterioro de las condiciones de vida de la gente, apostar todo a una campaña publicitaria permanente y a la malversación de las estadísticas, como la que ensayaron con la pobreza infantil, sería bueno para la gente y hasta para su memoria, que intentara dejar algo mejor de lo que encontró o, por lo menos, no seguir empeorándolo todo. Su pasión por beneficiar a los más ricos debería suspenderla para ayudar a los que menos tienen y a la gente que trabaja o busca empleo; su soberbia, ponerla en pausa para escuchar a la gente corriente que está sufriendo, a los movimientos sociales, a las fuerzas de la oposición, e incluso a sus propios aliados, cuando le dicen que si insiste por este camino de ajuste sin reserva, los conduce a todos a la derrota.
Pero es improbable que lo haga. Lacalle Pou tiene características personales que le impiden oír a los que no lo adulan e intercambiar hasta con los propios. Pagado de sí mismo y poseedor de una tozudez digna de mejores causas, ostenta una intransigencia rayana en la ceguera. Mientras tanto, en la base subterránea de la sociedad crece la desesperación y la bronca, un rechazo que no puede ser ocultado por el blindaje ni por mediciones de opinión pública a medida. Pero eso es harina de otro costal, porque las repercusiones en su imagen pública son mucho menos importantes que los padecimientos cotidianos de las grandes mayorías.
Hasta esta altura de su mandato, Lacalle Pou arriesga a ser recordado por anécdotas más o menos ilustrativas de lo que ha sido su gobierno: hacer surf los fines de semana, su obsesión por la caída del pelo, el culto de su físico y la separación abrupta de su esposa. Fuera de eso, no hay nada digno de mencionarse y, de hecho, nada de eso lo es. Viene siendo un presidente intrascendente, en el sentido profundo del término: un presidente que no deja nada que valga la pena recordar, algo que vaya a perdurar más allá de su mandato. Ni en realizaciones concretas ni en pensamiento político. Pero claro, todavía le quedan mil días y mil días es un montón de tiempo, sobre todo porque hay que vivirlos de a uno.