Pero así como en la primera vuelta el FA sufrió las consecuencias, no deben soslayarse otras derrotas en esta oportunidad. La primera de las cuales es la de lo que llamaría el “ningunismo”, es decir, el de los llamamientos (supuestamente por izquierda) a la anulación del voto o al voto en blanco bajo el argumento disparatado de que ambas alternativas son idénticas o bien sistémicas. Casi no ha habido incremento entre la primera y la segunda vuelta. Será muy difícil desmentir que no sean los mismos ciudadanos, de forma tal que los electores de esas opciones se han inclinado por alguna. El otro gran derrotado es el candidato de la derecha, Lacalle Pou, que conformó una coalición electoral con las cinco opciones de la rancia derecha y el neofascismo. La misma que, si obtiene consenso, dominará holgadamente los escenarios parlamentarios, pero que en esta instancia convertirá a su candidato al Ejecutivo, en caso de imponerse, en el primer presidente que no obtiene mayoría absoluta, aun en balotaje.
En lo que al FA refiere, no solo deberían debatirse aspectos cualitativos como algunos de los apenas aquí esbozados, sino también -sin dejar de reconocer la magnitud de lo recuperado- la importante distancia que aún nos separa tanto del punto máximo de inflexión de 2004 como de la última elección en segunda vuelta. En el balotaje, se logró casi la misma cantidad y proporción que en la primera vuelta de 2014, una recuperación de cerca de 190.000 votos. Algo histórico, aunque cerca de 100.000 votos menos que en el último triunfo de Tabaré Vázquez. No niego que la remontada merece celebración, pero sospecho que una proporción de la euforia proviene de la propagandización de los medios hegemónicos del supuesto triunfo de la derecha por importantes márgenes, ampliando inclusive el error de encuestadores. Hasta la elección de cinco años atrás, el caudal electoral del FA -si bien 4% por debajo de su apogeo- engañaba con mantenerse casi constante a pesar de la caída sistemática de sus votos en las internas (cosa que no se traduce mecánicamente en caudal militante, pero en alguna proporción guarda correlato); es síntoma.
Convertir el resultado del domingo -que a primera vista parece ser un estertor de rechazo, no exento de espanto por la candidatura y las alianzas de las derechas- requiere, además de apelaciones a la racionalidad, concebir arquitecturas organizativas y tareas aún vacantes. No son lejanos los antecedentes de movimientismo y autoorganización motivados en la oposición a iniciativas, como lo fueron el rechazo por el referéndum de 2014 llamado “no a la baja” (de edad de imputabilidad) y el reciente contra la intervención militar de la seguridad, sin que las bravatas de asesinos golpistas se hubieran expresado aún en el continente y en el propio Uruguay. En ambos casos, por cerca de 47% eludiendo la afirmativa, guarismo tan próximo al porcentual obtenido por el candidato del FA, Daniel Martínez.
Entretanto, será necesario prepararnos para algo más que resistir. Digamos construir.