Bianchi no es un persona de cuidado por su inteligencia, que no destaca, sino por su transparencia. Y el cuidado emite señales de peligro, porque es evidente que no obedece a un impulso estrictamente personal, sino a un a estrategia de grupo donde ella es un personaje de reparto, pero los protagonistas son otros.
En una una conversación descarnada, el cónclave de bestias se jacta de la renuncia anticipada del fiscal de Corte, Jorge Díaz, al que odiaban con todas sus fuerzas, como si fuese un logro de una operación encubierta y no el fruto de una decisión personal del exfiscal motivada por causas no condicionadas por acciones del gobierno. Vale aclarar este punto, ya no solo por la reputación del exjefe de los fiscales, sino por un puro reflejo republicano, o es que acaso se debe soslayar sin escándalo que senadores del gobierno se atribuyan desplazamientos forzados de jerarcas elegidos con arreglo a derecho en el marco de un Estado democrático, donde rige la separación de poderes.
En la reunión insisten con la voluntad de meter a todos presos, de proceder a una purga penal de exautoridades de los gobiernos del Frente Amplio, en una demostración palmaria de que no pretenden avanzar sobre la base de la lucha de ideas, sino de la eliminación de sus adversarios mediante ofensivas judiciales, que hallan posibles porque en sus años de ejercicio profesional han detectado que jueces y fiscales tienen una “percepción de quién está mandando” (Bianchi dixit). Por lo tanto, la senadora Bianchi y sus contertulios coinciden en la noción de que obtener procesos condenatorios de sus archirrivales no depende de consideraciones jurídicas, sino de que los encargados de promover las causas y juzgarlas, es decir, fiscales y jueces, perciban con claridad la voluntad del poder y actúen orientados por su demanda. ¡Mirá vos, qué democrático todo!
Es obvio que a Lozano o a Manini estas aberraciones de Bianchi no les puede haber llamado la atención, ni en su autoría ni en su contenido: cualquiera de los dos recuerda bien el tiempo de la prisión política generalizada de los militantes de izquierda, cuando no desenlaces peores. Pero lo dramático es que, evidentemente, no es solo en Cabildo donde hay quienes evocan esos tiempos con nostalgia.
Me parece una ingenuidad creer que Bianchi es una loca suelta, o que estos senadores representan un bastión de ultraderecha en un gobierno de la Olímpica, como dice Lacalle Pou. No tengo ganas de regalarle nada al partido del odio, pero el odio se los comió desde el primero a último de los dirigentes multicolores. Algunos lo manifiestan con naturalidad y sin cortapisas, otros recubren su discurso con una pátina de mesura, pero jamás salen a batirse en público con las prédicas de agravio y autoritarismo que exhiben los presuntos halcones de un gobierno donde no hay palomas ni por asomo.