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Columna destacada

El arte de amordazar la dignidad

Por Marcia Collazo.

He leído por estos días centenares de juicios acerca de la madre cuyo bebé murió de muerte súbita. Probada la causa del fallecimiento, poco podría haber hecho la mujer ante un suceso que habría ocurrido de todas maneras, durante el sueño del niño. Sin embargo, el suceso dio pie para que se desatara el furor popular, más viejo que el mundo y más nefasto que cualquier catástrofe de la naturaleza.

Desde que existe el ser humano han existido las turbas, las mareas de gente que al convertirse en muchedumbre pierden hasta el último vestigio de racionalidad y arremeten ciegamente contra aquello que es objeto de su ira. Este objeto suele ser visualizado en función de los estereotipos que encarnan el bien y el mal.

En el caso de la madre del bebé se juntaron seguramente todos los estereotipos: era mujer, era madre soltera, era pobre, era puta, y para colmo había “abandonado” a los niños para irse de copas con un hombre. Faltó decir que practicaba magia negra, envenenaba las aguas y provocaba pestes. La turba -en su mayor parte integrada por vecinos de su barrio- se comportó en forma por demás cruel e insensata. Entraron en su casa, le robaron muchas pertenencias e intentaron quemarle la vivienda, y si el tribunal de la inquisición hubiera condenado a la hoguera a esta madre, esa gente se habría agolpado en la plaza para contemplar el espectáculo y la habría insultado y escupido a su paso.

No voy a abundar en la irracionalidad del asunto. No voy a explayarme sobre la notoria injusticia del proceder humano, en este y en otros casos. Me quedaré con algunas reflexiones que, al menos para mí, tienen la virtud de inquietar a la imaginación y permitir crecer a la razón; y por este solo motivo merecen mi atención absoluta. Me refiero a la soledad de la mujer, una idea que es también más vieja que el mundo. Mucho se ha hablado en general de la soledad humana desde la filosofía, la sociología y la psicología. Pero la soledad a la que apunto no es la del aislamiento de la bruja en su choza del bosque, ni la de una doncella prisionera en la torre del castillo; es la soledad simbólica anclada en la identidad misma de la mujer, en su voluntad y en su deseo, y en el mandato inapelable del adoctrinamiento.

La mujer no tiene derecho a estar sola. Sin hombre está incompleta, y sin hijos también. La mística del matrimonio y de la maternidad excluye de antemano toda duda, toda pregunta, toda opción diferente. Así, la soledad (incluso la elegida) resulta rara, peligrosa, penosa y amenazante. La mujer que permanece sola ha fallado en algo, sin la menor duda. Hace años una amiga mía se fue con otras -eran nueve mujeres en total- a un campamento. Armaron las carpas, se instalaron, y al rato escucharon comentar a dos muchachos de una carpa próxima, entre exclamaciones de gozo, que “había nueve minas solas”. O sea, nueve minas sin hombre, abiertas, ofrecidas, incompletas; nueve minas que no eran en sí mismas sujetos, sino objetos, cotos de caza, artículos de pretensión y de deseo, de conquista y de colonización.

Vuelvo a la mujer de la noticia, la que tuvo la desgracia de perder a su hijo; esa a la que por poco no le quemaron la vivienda. Ella está varias veces sola, y es un coto de caza perpetuo; ha sido sucesivamente abandonada por varios hombres que se limitaron a aparecer, hacerle un hijo y borrarse. No está propiamente sola, sino más bien desolada, no solamente por la pérdida irreparable que ha sufrido, sino también por los sucesivos saqueos físicos y morales a los que ha estado sometida.

Repárese en ese dato: no ha sido ella quien abandonó, a pesar de la truculencia de las acusaciones en su contra. Por el contrario, se quedó con todos sus hijos, los crió -y lo hizo razonablemente bien, a juzgar por los datos manejados en sede judicial- y continuará criándolos a despecho de los buenos y de los malos deseos del prójimo. Fueron otros los que la abandonaron, y tuvo que salir a ganarse la vida como supo y como pudo, convirtiendo su cuerpo en mercancía que los varones compran, y eso también forma parte de la desolación.

Existe por último una desolación gigante, vastísima, horrorosa. Es la que todos deberíamos sentir al comprobar de qué manera la sociedad fabrica estas situaciones, las produce y las tolera, las propicia y las condena, en una cotidianidad signada o bien por la indiferencia, o bien por el desprecio. Hasta que ocurre un drama, como pasó en este caso. Entonces la espiral de la violencia social sube a las nubes, y clama por el linchamiento de una madre que resultó ser pobre y puta.

Es en ese punto en donde, lejos de acusar a las hembras solas y vulnerables, deberíamos acusarnos a nosotros mismos en tanto victimarios, jueces y ejecutores; porque lo que viene a las manos de esos supuestos magistrados intachables e impolutos es nada más y nada menos que un producto que, de algún modo, la sociedad entera ha contribuido a forjar. No somos jueces. Somos simplemente hipócritas de marca mayor. A no rasgarse las vestiduras, por lo tanto. A ejercitar un poco la imaginación, y a aumentar un poco la razón, por lo menos para aventar esa pereza mental de la que habla Kant, cuando clamaba aquel “Atrévete a pensar”.

Para José Ingenieros, científico y filósofo argentino, autor de la obra El hombre mediocre, cuya lectura recomiendo, los hipócritas son seres rebajados, que “viven sin ensueño, ocultando sus intenciones, enmascarando sus sentimientos […] tienen la certidumbre íntima, aunque inconfesa, de que sus actos son indignos, vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente su moral: implica siempre una simulación”.

Es hora de ser, entonces, un poco menos hipócritas y avivar el seso, ya que, como bien agrega el autor, en definitiva, “la hipocresía es el arte de amordazar la dignidad”.

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