Como ministro en los gobiernos del Frente, el Bicho era un hombre de muchísima confianza de los viejos, pero también de Tabaré. Fue ministro de Trabajo y durante su gestión se produjeron los cambios más profundos en las relaciones laborales. Los cambios que ahora la derecha quiere retrotraer y que empoderaron al movimiento obrero, que produjeron el tramo más largo de crecimiento salarial y de jubilaciones en buena parte de nuestra historia. Fue tremendo ministro de Trabajo, su labor al frente de esa cartera donde se centra la disputa entre el capital y el trabajo fue impecable. Perfecta, diría yo, dadas las condiciones reales, que son las únicas en las que puede enmarcarse una valoración justa.
Y luego de ese período de cambios y conquistas, le tocó le fierro caliente del Ministerio del Interior. Durante un buen tiempo fui crítico de muchos aspectos de gestión. Y lo escribí, porque me parecía que hacía demasiadas concesiones al discurso punitivista de la derecha. Pero pasó el tiempo y se convirtió en el más atacado de los ministros, el más vilipendiado, sin tomar en cuenta la inmensa transformación que estaba produciendo. El Bicho fue uno de los mejores ministros de la historia en la dos carteras que ocupó. Sus logros en la erradicación de las mafias de la Policía, en profesionalizar la carrera policial, llevarlos a un sueldo digno, acercarlos a la población, proporcionales vestimenta y tecnología decorosa, y el desarrollo de una estrategia de seguridad basada en la evidencia, con altísima sensibilidad por los problemas de seguridad pública se cuentan entre los cambios enormes que lideró, a pesar de las campañas de la derecha y los medios de comunicación, capaces de pasar más de cien veces el video de un asesinato y reclamar todos los días, de forma deshonesta e irresponsable, la renuncia de un hombre que estaba dejando todo por mejorar la seguridad de la gente y el trabajo de las fuerzas policiales en un mundo cada vez más complicado, y con una actividad delictiva cada vez más violenta.
Se nos fue el Bicho. Militó hasta el último día como le corresponde a un revolucionario. Además de la pérdida irreparable de un gran hombre que se jugó la vida, la libertad y hasta su imagen pública personal por un mundo mejor, la izquierda pierde una inteligencia estratégica impar, una mente poderosa al servicio de la causas de los más débiles, y un laburante de la política y de la organización del pueblo, cuya labor parió victorias y conquistas concretas, sin abandonar la mirada en lontananza en la brega por la construcción de la liberación nacional y el socialismo, de la patria para todos.