El desafío de Donald Trump
Por Víctor Carrato
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Por Víctor Carrato
Florida es un estado clave en las elecciones porque es el único de los cuatro estados más poblados del país que no tiene un patrón fijo de votación. Florida decidió, por ejemplo, la disputada elección de 2000 entre George W. Bush y Al Gore, y ganó el primero. Sin embargo, 12 años después votó por los demócratas.
En ese estado también, en noviembre de 2016, Trump le ganó a Hillary Clinton por casi 113.000 votos, o 1,2 puntos porcentuales, y se llevó así los 29 votos que le corresponden a Florida en el Colegio Electoral, que define al ganador de las presidenciales. Además, los debates iniciales de las primarias demócratas tuvieron lugar en Miami, la semana siguiente.
El sistema electoral de EEUU favorece a los conservadores. La enorme lealtad de sus votantes (el 82% de aquellos que lo votaron volverían a hacerlo) y el desánimo y el rechazo de la clase trabajadora y de amplios sectores de las clases medias hacia el Partido Demócrata son factores a favor de la reelección de Trump.
El mundo del trabajo golpeado
Así como en Europa muchos votantes de la clase trabajadora se han volcado hacia la ultraderecha, en EEUU se observa una situación similar. ¿Por qué? Porque los partidos de centro izquierda o izquierda -el Partido Demócrata es considerado como tal- han prácticamente abandonado las políticas públicas redistributivas que los habían caracterizado y que habían favorecido al mundo del trabajo.
En los últimos cuarenta años, las políticas públicas de distintos gobiernos, tanto en Europa como en EEUU, han debilitado mucho el mundo del trabajo, tales como las reformas laborales regresivas que han causado un gran aumento de las desigualdades. Esas políticas fueron iniciadas por Reagan y Thatcher, pero también continuadas por gobiernos como los de Clinton, Obama, Blair, Schröder y Zapatero.
La verdad de los números
En EEUU, la prensa destaca que la economía estadounidense sigue creciendo en junio. El PIB sumará diez años consecutivos de crecimiento económico. El paro en EEUU está en su nivel más bajo de los últimos 49 años, en 3,6%. La inflación subyacente y los costos laborales unitarios no llegan a 2%, con un crecimiento de empleo superior al necesario para mantener la tasa de paro estable. Algo excepcional.
Sin embargo, otros indicadores de eficiencia económica muestran la evolución de la tasa de desempleo, sin tener en cuenta que la gran mayoría de empleo nuevo es precario y temporal.
La baja tasa de desempleo en EEUU que se maneja constantemente es de escaso valor para conocer el estado del mercado de trabajo. La Agencia de Estadísticas Laborales (US Bureau of Labor Statistics) del gobierno federal exhibe una tasa más realista que marca que la tasa de desempleo alcanza el 7,1%, siendo mucho mayor para las personas con una educación inferior a la secundaria (que incluye la mayoría de la clase trabajadora no calificada) y que es del 16% entre blancos y del 28% entre afroamericanos. Pero, además de la elevada tasa de desempleo, hay también una muy alta precariedad en el empleo, así como un proceso de uberización del mismo. Es decir, los trabajadores pasan de ser empleados de una empresa a un autónomo, perdiendo así toda capacidad de negociar los salarios y derechos laborales. Esto ha llevado a un descenso de los salarios durante el período que se muestra como “exitoso”. Para los trabajadores no cualificados, el salario por hora ha descendido desde 1973 un 17%.
Al mismo tiempo han aumentado de forma notable las enfermedades y muertes por desesperación (“diseases of despair”) entre estos trabajadores no calificados, incluyendo epidemias de consumo de opiáceos (el número de muertes por adicción a las drogas creció 17 veces), epidemias de alcoholismo (causando tantos muertos en un año como el número de soldados muertos en las guerras de Corea y Vietnam), y así sucesivamente.
Efectos de la crisis
Esta crisis, parecida a la de los años 30 del siglo XX, explica el auge de la ultraderecha, representada por Trump y otros grupos europeos que van creciendo. Un nacionalismo extremo y autoritario, una demonización y represión de las minorías y de los inmigrantes, una homofobia y machismo muy extremos, un desprecio por el sistema parlamentario y por las instituciones representativas, un deseo de control de los medios de comunicación con intolerancia a las críticas, unas promesas de recuperar un pasado idealizado con eslóganes que contienen enormes promesas de imposible ejecución, un culto al líder al que se considera dotado de cualidades sobrehumanas, así como un canto a la fuerza, al orden y a la seguridad, con un ejercicio de la fuerza y la violencia sin frenos. Su gran agresividad, que aparece en forma de bloqueos económicos, como los casos de Irán, Venezuela y Cuba.
En la últimas elecciones en EEUU, la mayoría de mujeres no votaron a la candidata feminista, Hillary Clinton, sino a Trump. Hillary ganó en 20 estados (básicamente en ambas costas) y en Washington D.C.
“Adoro a la gente con poca educación”, dijo Trump en febrero de 2016, después de una victoria decisiva en las primarias de Nevada. Y la gente con poca educación le corresponde. Los blancos sin un título universitario en esencia son el único grupo en el que Trump tiene más de 50 por ciento de aprobación.
Las economías de Europa y China se están desacelerando, mientras que países emergentes como Turquía, Brasil y Argentina están sumidos en una crisis desde principios del año pasado, al menos.
Pero al electorado estadounidense mayoritario le gusta tener un presidente que se enfrente con otros países y aumente unilateralmente los aranceles para los países europeos y para China, aunque luego negocie.
El orden mundial que está naciendo hoy ya no se basa en reglas, sino en el ‘derecho de los fuertes’, y eso anima a cada país a utilizar los instrumentos económicos para alcanzar su propio interés. Eso refuerza la imagen de Trump. Así es aplaudido el mandatario cuando dice que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”. Y con ese ímpetu EEUU renegoció su tratado con Canadá y México.
“En su corto tiempo en el cargo ha hecho esfuerzos para ayudar a la industria siderúrgica de EEUU y estoy contento de verlo porque he estado en la fabricación durante mucho tiempo y durante algunos de esos años la industria siderúrgica no ha sido tan saludable. Ha ayudado”, dijo Norlen Meton, administrador de la empresa Fairbanks Morse refiriéndose al presidente, de acuerdo con el mismo medio. Lo mismo piensan muchos obreros estadounidenses.
Muchos otros también están contentos con las medidas de Trump para detener la entrada a los inmigrantes que vienen supuestamente a sacarles el trabajo a los norteamericanos.
El discurso de Trump durante su visita a Milwaukee, Winsconsin, el 12 de julio ante los trabajadores de Derco Aerospace, una subsidiaria de LockheedMartin, es otra muestra. Esta empresa anunció ese día que está aumentando su fuerza laboral en un 15 por ciento, un punto de orgullo para el presidente Trump y de logro para su candidatura a la reelección.
Wisconsin fue una de las dos paradas en el Medio Oeste diseñadas para iniciar la campaña del presidente Trump para el año 2020.
La historia puede volver a repetirse.