La movida de Almagro no va a tener importancia política internacional como no la tuvo el portazo que le dio Cuba, porque Luis Almagro es un hombre desprestigiado. Más allá de mi pensamiento, es innecesario calificarlo de “despreciable” como han hecho algunos políticos venezolanos que han observado cómo Almagro los agravia, porque Almagro no es un “despreciable”, en tanto sujeto que podría justificar desprecio, es un tipo despreciado: despreciado por Pepe Mujica (que fue quien lo llevó de ministro y lo promovió en la OEA), despreciado por el MPP (que es la organización por la que fue electo senador y a la que dice pertenecer, pero que ya lo echó), despreciado por el Frente Amplio (que no va a mover un dedo por defenderlo), despreciado por los frenteamplistas, que lo consideran un traidor execrable (peor incluso que Jorge Saravia o Gonzalo Mujica) y despreciado por el gobierno uruguayo, donde hasta los que lo aprueban lo hacen en voz baja, porque todo el mundo sabe que es un converso, y en el fondo nadie cree que sus actuaciones se funden exclusivamente en convicciones y no en basamentos inconfesables.
Con todo, no hay que ignorar lo que está pasando. El Frente Amplio no puede continuar ofreciendo como respuesta política el silencio. Le cabe al Frente Amplio una responsabilidad insoslayable, porque este hombre desprestigiado arrastra a la izquierda uruguaya, que no convalida ni sus métodos ni sus propuestas. Es tiempo de discutir en profundidad la gestión de Almagro, su obsesión con Venezuela y su olímpica ignorancia del golpe de Estado en Brasil, sus maniáticas gestiones por Leopoldo López, cuyas “guarimbas” costaron más de cuarenta muertos, e ignorar el caso de Milagro Sala en Argentina, los activistas muertos en Colombia, en Honduras, en Paraguay o en México. Por cierto, las guarimbas de Leopoldo López eran mucho peores que los piquetes que acaba de prohibir Tabaré, porque además de cortar las calles con barricadas, atravesaban alambres de púa en las avenidas durante la noche, lo que causó la muerte de gente que intentó cruzarlas.
También el gobierno uruguayo debe pronunciarse, pero no con una trivialidad como la de Nin, calificando las últimas expresiones de Nicolás Maduro de “antidiplomáticas”. Es obvio que Nicolás Maduro no fue diplomático, si lo más amable que le dijo fue “inepto”, “basura de ser humano” y otros hallazgos. Pero eso es menor. Porque también Fidel una vez le dijo a Jorge Batlle “abyecto Judas”, y si bien tenía otra elegancia para insultar, fue un epíteto muy alejado de los modos conciliatorios y tibios de la diplomacia. A veces los países, para defender su honor, deben ser deliberadamente no diplomáticos. Porque si un presidente responde con amabilidad y estilo a un hombre que te está acusando de dictador, asesino y narcotraficante, más que diplomacia es cobardía.