Vamos a descubrir a la velocidad de un rayo que en Uruguay no hay ni hubo jamás nadie que apoyara Macri. Nos van a decir que cualquier intento de emparentar a la derecha local con el proyecto de la derecha argentina es una infamia. Los medios uruguayos se van a encargar de desconectar los temas con el mismo entusiasmo con el que se encargaron de introducir la situación de Venezuela en la campaña electoral local.
Hay una enseñanza que podemos extraer de la experiencia argentina: el neoliberalismo es un proyecto económico que siempre se tiene que presentar mintiendo y gobernar pegando. Porque si no miente, no gana, y si no reprime, no avanza. Es imposible llevar adelante un programa económico tan devastador con las grandes mayorías sin un flujo constante de mentiras y represión. La derecha, en sentido amplio, en última instancia no tiene por qué ser neoliberal. Incluso hay derechas estatistas, que se definen más por su contenido axiológico que por su pensamiento económico. Pero la derecha económica, la que desprecia profundamente a los pobres y a los trabajadores, la que representa los intereses del capital en los países periféricos y dependientes, no tiene otro camino que el neoliberalismo. En Uruguay tampoco.
Uruguay ha vivido el período de crecimiento económico y disminución de la desigualdad más largo y sostenido de su historia en los últimos 15 años, durante los gobiernos del Frente Amplio. Es fácil de probar y ningún indicador puede desmentirlo. Ningún dato aislado, ninguna denuncia altisonante. Uruguay es hoy el país con menos pobres de América Latina, el más igualitario y el más avanzado en términos de libertades civiles. Sin embargo, la izquierda, que en gran medida es responsable de estos logros, puede perder las elecciones a manos de los partidos tradicionales, cuyos dos candidatos representan lo más puro del pensamiento liberal económico de nuestra geografía.
Por supuesto que ni Luis Lacalle Pou ni Ernesto Talvi van a reconocer su adhesión ideológica al neoliberalismo. Ellos no tienen pasado que defender y si lo tienen, allá estarán los medios para esconderlo. Lacalle no es Lacalle, es Luis. El objetivo de esconder el apellido es impedir que alguien lo vincule con el gobierno de su padre.
Talvi, que antes reconocía en el currículum que fue asesor principal del equipo económico de Lacalle y jefe en la negociación de dos acuerdos con el FMI que se suscribieron para poder implementar reformas estructurales neoliberales en nuestro país, como la eliminación de los Consejos de Salarios y la privatización de las empresas públicas, ahora se presenta como una figura de centro, casi progre, porque necesita disimular la ideología, sus antecedentes como economista y hasta su formación para ganarse la gracia de la población que jamás lo votaría si supiera lo que viene a hacer.
Ahora veremos cómo estos dos dirigentes se deshacen de Macri como quien se sacude el polvo del camino, como una extirpación abrupta coronada por una sonrisa indiferente, para que nadie note la laceración profunda que produce el desprendimiento obligatorio de un compañero de ideas que cayó en desgracia.
Argentina comienza otro camino. El gobierno actual todavía tiene adelante unos meses y es capaz de hacer mucho daño todavía. No escarmientan. Gobiernan desde el odio de clase y no se esperaban la majestuosidad de la derrota. Se van a ir, pero no se van a ir así nomás, democráticamente, como quien pierde y se la banca y asume que su responsabilidad es dejarle al que venga el país en las mejores condiciones posibles. Pero va a pasar. Porque todo pasa. Y Argentina volverá a resurgir de los escombros de la mano de un gobierno con sensibilidad por los más humildes.