El prontuario del Gale es sorprendente: forjó Epílogo de Sueños con Rivero y otros amigos, estuvo en El Sindycato, acompañó a Daniel Amaro, Pájaro Canzani, Dino, el Darno, ensayó con Los que iban cantando, diseñó Baldío, la banda azul de Cabrera, Repique, Los Championes, Polyester, la banda de Jaime de Mediocampo, tuvo tiempo para sacar dos o tres discos increíbles, se hartó de todo y se fue a España, y si bien la pasó mal y nunca pudo regresar del todo y en plena forma emocional y no volvió a encarrilar sus mejores tiempos de los años 70 y 80, se convirtió en maestro de músicos y su obra es revalorizada entre los notables de la edad de oro de la música montevideana.
El prontuario de Adler es también sorprendente: si bien quedan rearmar varias piezas de su puzle biográfico errante entre Nueva York y Montevideo, formó parte de la primera formación de Los Estómagos, colaboró en La Tabaré, armó Los Inadaptados de Siempre para la peli Mamá era punk, inventó el garage montevideano con Chicos Eléctricos, intoxicó a Cadáveres Ilustres, Buenos Muchachos y La Hermana Menor, apadrinó a Eté & Los Problems, al Macumba de los Hablan por la Espalda, intentó un regreso con Hotel Paradise y grabó y publicó (y también escondió) varios discos de ruido, melodía y canciones enormes que se escucharon poco, pero forman parte de los rastros que dejó un guitarrista de rock excepcional cuya técnica (y ética) será más que revalorizada por todos aquellos que se sientan ‘contraculturales’.
El gran problema es que todavía no se ha escrito el libro de Andy. Lo debería escribir el Tussi, o Nico Barcia, o Pedro Dalton. Tal vez podría escribirlo Martín Pérez. No sé. Es el libro que quiero leer ahora, en este momento. Tengo claro que la escritura y la reescritura de estas historias imprescindibles llevan años y nunca atajos, llevan procesos y ajustes de cuentas personales. Pero se necesitan más conexiones, más encadenamientos entre vidas, historias y libros, sobre todo de estos personajes que lo dieron todo, que entregaron sus vidas por la música y por una ciudad áspera y peleadora.
La última vez que vi a Andy fue un mediodía en La Ronda. Lo entrevisté como testimonio secundario para un documental sobre Los Estómagos (el crudo de la entrevista se encuentra fácilmente en YouTube). Dice cosas que solo él puede decir y sostener con dignidad. Ese mismo mediodía me dijo que no se sentía nada bien, que estaba harto de todo, que su único deseo era subirse a un avión, llegar a Berlín, meterse heroína, perderse en esa ciudad y morir. No lo hizo. O sí.
La última vez que vi al Gale fue también en La Ronda. Lo entrevistó Max Capote para Blister (la entrevista editada se encuentra fácilmente en YouTube).
Ahora que cierro el libro del Gale y detengo la mirada en la tapa, encadeno otro dato nada menor: Angel Atienza, editor de Perro Andaluz, guarda secretos musicales de ambos, y no es casual que los libros del Darno y del Gale hayan salido por su sello… y el de Andy habría que soñarlo con formato cuadrado, abundantes fotos, diseño de Rodolfo Fuentes y códigos QR que vinculen a grabaciones encontradas y rarezas.