El contexto de esta estrategia desembozada de intervención es una crisis real, pero inducida y azuzada mediante lo que el gobierno de Nicolás Maduro ha llamado “guerra económica” que se promueve desde adentro y desde fuera del país. En efecto, el conjunto de sanciones impuestas por los Estados Unidos, principalmente, y la Unión Europea en segundo lugar, ya no recae sólo sobre individuos vinculados al gobierno, a los que se les congelan sus activos en el exterior, sino que impiden que Venezuela disponga de sus recursos para importar medicamentos, alimentos, bienes de primera necesidad o adquirir insumos indispensables. Ahora se proyecta sobre su principal industria, el petróleo, constituyéndose en una verdadera política de asfixia económica dirigida contra el país como un todo, pero que afecta de manera extraordinaria a la población general que no maneja divisas ni remesas, ni posee fortuna.
A Venezuela la bloquearon económicamente y la cercaron en el plano político. Las consecuencias han sido devastadoras sobre la calidad de vida de la gente y ha producido una oleada migratoria que impacta en la región. A la vez una intensa campaña de propaganda se ha encargado de presentar la crisis económica como el resultado de las políticas socialistas del gobierno venezolano y la corrupción de sus dirigentes, soslayando, más allá de cualquier error de la gestión, el carácter determinante del asedio económico, financiero y diplomático llevado adelante por Estados Unidos y sus aliados.
En plena sintonía, al interior de Venezuela la oposición instaló varias veces el escenario de violencia callejera o de “calentar la calle”, como le llaman, en las conocidas “guarimbas”, caracterizada por una gran violencia, el incendio y destrozo de instituciones públicas y medios de transporte, y un estudiado revanchismo contra los pobres, porque nadie debe olvidar el extremo cruento de esas manifestaciones opositoras donde se quemaba gente por tener aspecto de chavista.
Hoy mismo el gobierno venezolano de Nicolás Maduro es reconocido por muchos más países en el mundo de los que reconocen a Guaidó. Es completamente falso que haya un consenso internacional de desconocimiento de Maduro y de aceptación del diputado usurpador. Pero los medios juegan y la noticia se presenta como Estados Unidos desea, tanto en los medios tradicionales como en las redes sociales que operan como un gigantesco amplificador de las posiciones políticas de la superpotencia, sobre todo porque mucha gente cree que son espacios democráticos o neutrales.
Ahora el autoproclamado Guaidó va a comenzar a tomar decisiones que operarán sólo en el terreno internacional pero que le harán mucho daño al país. Intentarán disponer del dinero venezolano que está en el exterior, congelado o bloqueado por orden de los Estados Unidos, querrá hacerse de Citgo, la filial de Pdvsa que opera en territorio norteamericano, quedarse con las reservas de oro que Venezuela tiene en bancos de Inglaterra, país que no le ha permitido repatriarlas y se pondrá a negociar con los acreedores venezolanos e instituciones financieras en una búsqueda sistemática de horadar el poder del gobierno constitucional.
Pero lo peor que se viene es la violencia. Eso está en la hoja de ruta y es imposible obviarlo. La oposición venezolana, envalentonada por el tutelaje de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Iván Duque, la OEA, y el resto del grupo de Lima, no sólo va a convocar movilizaciones bien publicitadas para adentro y para afuera, se va a encargar de que mucha violencia descarnada llegue a los barrios, al pueblo entero; la propaganda va a hacer el resto. Sólo con eso no pueden tumbar al gobierno, porque el chavismo es el movimiento político más importante de la historia de Venezuela e incluso en momentos de crisis económica profunda concita la adhesión de millones de personas, y porque las fuerzas armadas mantienen una lealtad monolítica con el gobierno constitucional.
Rusia y China han denunciado la injerencia de EEUU porque temen el escenario libio o el sirio. Uruguay, México, España y Portugal han pedido diálogo y se han negado a reconocer a Guaidó. Nicolás Maduro se ha apoyado en la solicitud de México y de Uruguay y afirma estar dispuesto una vez más a emprender el camino del diálogo político con los opositores en el marco de esta nueva propuesta. Pero es difícil que los opositores la acepten, porque ellos además ya no son los dueños de su juego. Si Estados Unidos interviene, habrá una guerra. Una guerra como no hemos vivido en Sudámerica en muchísimos años, de consecuencias imprevisibles. Han iniciado un camino que lleva a muerte y destrucción como el de Libia, que convirtió un país pujante en un páramo en disputa retrotraído a la Edad Media, o en Siria, donde fueron derrotados después de cientos de miles de víctimas y millones de desplazados.
Es difícil creer que un presidente como Trump, que tiene el gobierno cerrado porque no tiene apoyo en el Congreso para construir un muro xenófobo en la frontera con México, pueda conseguir la aprobación interna para intervenir por la fuerza. Pero es el camino que propone la derecha republicana, en la que se inscribe, y no podemos subestimarlo. Si el modelo de intervención es Libia, tratarán de instalar una fuerza militar en puntos del territorio venezolano. Una Bengasi para desafiar el poder del Estado con pretendidos jóvenes demócratas y pacifistas, que avanzan armados hasta los dientes. Ya sabemos lo que viene después. No está en peligro sólo el gobierno de Maduro, está en peligro la existencia misma de Venezuela y la paz en todo el continente.