Las hordas nómades abren paso de esta manera a los grupos territoriales sedentarios, luego a los grupos nacionales. En las primeras sedentarizaciones habitan en forma embrionaria procesos posteriores como la internacionalidad y la translocalidad, a su vez embriones de la transnacionalidad y semillas de la globalidad posinternacional.
De lo internacional a lo transnacional
El mejoramiento de los transportes, las comunicaciones, las armas bélicas y los instrumentos y herramientas científico-tecnológicos hace posible la disputa de territorios económicamente preferidos por sus virtualidades materiales, y el nacimiento del honor bélico, lo que origina a su vez el período imperial, en que la acumulación de riquezas y la anexión de territorios brinda, además, honor y estatus.
El nomadismo deriva entonces en sedentariedades locales, y estas en translocalidades diversas, de racionalidad económico-política. La constitución de imperios y de dominaciones bélico-políticas dura desde la antigüedad histórica hasta el siglo XIX y es la primera etapa internacional de la translocalidad.
El crecimiento de la letalidad de las armas suscita la aparición del derecho y la sociedad internacionales, segunda fase de la translocalidad, que valora retórica o realmente la paz. Hay una internacionalidad, formalmente no imperial ni colonial, dentro de esa translocalidad posimperial y colonial en sus formas y retórica, pero que conserva, transformados, el imperialismo y el coloniaje; y sus consecuencias, que son las que nos ocupan en esta columna y que acaparan la atención pública en el Uruguay y en todo el mundo hoy.
La tercera etapa de la translocalidad es la transnacionalidad; las soberanías nacionales ceden poder frente a las corporaciones transnacionales que pretenden jurisdicción y competencia, translocales sí, pero por sobre las internacionales. Las principales, hoy, son económicas: extractivas, industriales, servicios financieros comerciales.
La Iglesia Católica es un ejemplo de transnacionalidad; rectora de la internacionalidad en el Medioevo, con la mayor tranquilidad y desparpajo termina con las disputas territoriales coloniales entre España y Portugal definiendo los territorios para cada una. También acepta hoy el mundo que lo que legendariamente cedió Yahvé a los judíos sea reclamado como derecho atendible en desmedro de poblaciones que viven allí, y aspiran a legitimar y legalizar su localidad históricamente anclada también. El mundo sigue demencialmente delineado por lo religioso. Peor todavía será cuando aparezcan los dioses universales sustituyendo a los menos dañinos dioses locales. Y, desde luego, este ejemplar cambalache pseudo-civilizado tiene su influencia en el tema planteado del neonomadismo.
El neonomadismo neolocal
Es posible definir una próxima neolocalidad como consecuencia de todo este proceso. No se trata meramente de una transnacionalidad que sustituye a la internacionalidad, como fase ulterior de la translocalidad. Es una neolocalidad que será producto de un neonomadismo que engloba las múltiples migraciones que signan trágicamente el tiempo actual. En efecto, hay evidencias de neonomadismo en los cambios de localidad de masas de personas. Están impulsadas, no solo por supervivencia, sino por acceso deseado a una modernidad cultural y a un consumo espectacular que se ha convertido en un importante factor por lo menos desde el siglo XX.
El neonomadismo es también neolocal, porque relocaliza personas que escapan de una localidad natural hacia una neolocalidad buscada, tal como las hordas nómades cambiaban de territorio explotable, agotando el anterior. Quizá, en el tránsito multisecular desde el nomadismo prelocal al neonomadismo neolocal, haya etapas que, al menos, haya que mencionar. Tales son las provocadas por las conquistas imperiales y las colonizaciones económico-religiosas, que no son solo obra de invasores coloniales malignos que ignoran a inocentes indígenas, sino que también operan al interior de los procesos históricos que viven quienes, si bien dentro de venas abiertas por otros, se matan, torturan y esclavizan con entusiasmo y energía.
Los viajeros son una interesante categoría al interior de los translocalizantes facilitados por los progresos de los transportes y las comunicaciones, y la apertura -hasta por estatus- a la alteridad radical o exótica, estandarte de la civilización y la interculturalidad, aunque en el fondo esté coloreada por una transculturalidad enmascarada.
Expulsión-atracción migrante
Los migrantes actuales, como todos los históricos, incluso ya los nómades primitivos, pre-locales, obedecen a un doble proceso de expulsión-atracción que en los primordios era casi totalmente económico: eran expulsados desde un territorio ya inútil para la supervivencia, y atraídos por otro útil para ello. Lo mismo ocurrirá con los migrantes de todas las épocas, aunque los factores expulsores sean más complejos, y los factores atractivos también. Pero ese neonomadismo no será ya pre-local sino neolocal, porque busca radicarse territorialmente, relocalizarse, sintiéndose tan expulsado de su locus actual como atraído por otro locus alternativo.
Lo que nunca debe olvidarse, cuando se piensan bobadas tales como: ‘ay, qué horrible, pobre gente’, mirando noticieros lacrimógenos y autoabsolutorios sobre migrantes sufrientes o muertos, es que los migrantes son expulsados por subdesarrollos causados por los países que los atraen doblemente por sus virtualidades materiales y por el resplandor hipnotizante de sus modus vivendi. Como sucede con la violencia, la criminalidad y la seguridad, los actores criminógenos se quejan de ello como si fueran inocentes víctimas. También los países imperializantes, colonizadores y falsos independentistas de ellos, los ‘migrantógenos’, se quejan de la invasión de los que no creen poder sobrevivir ni progresar en sus locus, y sí justamente en los de aquellos que los han condenado a la alternativa migratoria.
Los explotadores son ignorados como tales y vistos únicamente como tabla de salvación; son vistos, en mínima parte como mano de obra barata erosionadora de conquistas sindicales, pero en su mayor parte, y especialmente los neonacionalistas antiglobalizadores como Trump, y muchos de la nueva derecha europea, como introductores de civilización y culturas inferiores y contaminantes, presión en el mercado de trabajo y potenciales criminales. Y de ninguna manera se sienten responsables por haber contribuido a producir los factores de expulsión-atracción generadores de las migraciones. Ignoran su papel histórico de aprendices de brujo; creen, o dicen creer, que son defectos de ellos o de sus gobiernos los que los tientan a migrar. No aceptan que coprodujeron expulsiones y atracciones, reales o ficticias. Se sentirían injusticiados si se les dice, con toda razón, que calavera no chilla.