Que todos somos capaces de odiar, no es argumento para avalar el odio. Imaginemos a un juez embargado de odio, y en esa sola imagen tendremos la respuesta a nuestra interrogante. Entreverar la baraja echando mano a argumentos delirantes y tortuosos que sólo apuntan a encastrar la cancha, solamente contribuye a echar más leña a la hoguera del odio.
El segundo ejemplo al que deseo referirme es al concepto de grieta, en el sentido social y político del término. Una grieta es una rajadura en una estructura, y en algunos casos puede llegar a ser muy peligrosa, pues tiende a ensancharse. La palabra alude a la intención de dividir. ¿Cómo identificar a un agrietador (perdón por el neologismo)? Es fácil. Tiene una lógica arrogante por un lado, y un sentimiento de marcada impunidad por el otro. No se hace cargo de sus dichos y de sus actos y se apoya en la autoridad de la fuerza. Desprecia las leyes; si puede, las cambia a su favor. Se considera superior al resto, o más bien a aquellos que no visualiza como sus iguales o que no piensan como él. Y por sobre todas las cosas, es un provocador. Instiga, ofende, acicatea, miente descaradamente, pretende en suma violentar y someter a su o sus contrincantes mediante el insulto, el desprecio y la injusticia.
Ser uruguayo, ser uruguaya hoy, es estar presa de sentimientos de abatimiento. Nada o casi nada existe entre nosotros para celebrar, o al menos para aferrarse a un aliciente moral. A la pandemia se suman las actitudes y los discursos del gobierno, en el sentido de dividir y levantar un muro imaginario, al mejor estilo de Trump, entre los de acá y los de allá. No solamente nos castiga la enfermedad viral, sino también la enfermedad del odio, y todo eso impacta fatalmente en el imaginario social instituyente, concepto acuñado por Cornelius Castoriadis, según el cual la imaginación crea representaciones de lo social, de lo que somos, porque el pensamiento presupone el lenguaje, y el lenguaje es imposible fuera de la sociedad. Por lo tanto, un discurso de odio, por muy estúpido o loco que parezca, impregna nuestro imaginario e impacta en la propia existencia histórica de nuestra sociedad. Si ya veníamos siendo, en buena medida, una sociedad consumista e individualista, ahora además somos una sociedad altamente cínica, porque el cinismo ha sido enarbolado desde la propia cúpula del poder, y por lo tanto ya nadie teme mentir, vituperar e insultar a medio mundo. Esto lo saben bien los insultadores, por supuesto. Buscan el control del imaginario social, de su reproducción y difusión. Analizan el impacto que tiene sobre las conductas y acciones individuales, pero no para combatir el problema, sino para mejor cumplirse con el objetivo de dividir, estigmatizar, amenazar, presionar y violentar. Es preocupante, por supuesto, porque en este barco estamos todos, y están especialmente los niños y niñas que dentro de muy poco, tomarán el timón. Me parece que ya es hora de mirarnos a las caras, explorarnos en silencio, y sobre todo callarnos y meditar. Hacer un alto, en definitiva, para repensar el próximo paso, sea cual sea. En esto seguramente nos estamos jugando la vida, en un infinito juego de sentidos.