Hay que reconocer a los dirigentes de la oposición, de todos los partidos, por su nobleza en esta circunstancia. Actuaron con prontitud y sin especulación, rodeando al presidente con solidaridad y evidenciando estatura ética y sentido de humanidad. Nada diluye las diferencias profundas en la forma que tenemos de mirar la vida y el mundo, pero nos reconforta sabernos compatriotas de una sensibilidad que está más allá de trincheras políticas, divisas, trayectorias y proyectos. Este tipo de actitudes es el que limita el avance del odio, que es, junto a la desigualdad y la injusticia, la enfermedad más peligrosa que se cierne sobre la civilización humana.
Tabaré es y ha sido muy importante para este país. Para los que lo hemos acompañado con el voto, con la adhesión, con la cercanía de los compañeros, es y ha sido, además, un dirigente extraordinario, en buena medida el responsable de un cambio de época signado por un ciclo de gobiernos progresistas que transformaron a Uruguay en un país mucho más habitable para todos. Su contribución a la suerte y el bienestar del pueblo ha sido tan vasto y grande que habrá pocos orientales que no le reconozcan al menos un puñado de sus políticas, como la lucha contra el consumo de tabaco o el Plan Ceibal, el Ibirapitá, el Sistema Nacional de Salud o el Sistema de Cuidados.
Tabaré siempre le hizo bien a Uruguay y logró que los uruguayos vivamos mejor. Cada vez que le tocó agarrar las riendas de Montevideo o del país, lo entregó mejor de como lo encontró. Un demócrata cabal, respetuoso de la gente, sobre todo de la más humilde y de los trabajadores. Un orgullo para nuestra izquierda, pero también para todo nuestro país. El reconocimiento que obtiene del pueblo lo merece de forma completa e indiscutible.
Desde este rinconcito en el que escribo, quiero desearle que no sea nada, que se recupere pronto. Tabaré: le hiciste tanto bien a este país que ahora le toca a este país cuidarte a vos.