Si tuviéramos que etiquetar groseramente las transformaciones subjetivas a las que aludí al comienzo, reconocibles en el progresivo avance de una ideología neofascista con matices localistas en el mundo, lo titularía como odio a la otredad. Se viene incubando un rencor que no excluye los rasgos fóbicos hacia segmentos humanos cada vez más amplios aunque con epicentro en mayorías y minorías históricamente oprimidas y abandonadas. Con todos sus matices la tirria se expresará en medidas contra el trabajo, las jubilaciones y pensiones, los pueblos originarios, las minorías sexuales, las mujeres, la intelectualidad crítica, la producción científica y la masa marginal directamente excluida de toda pertenencia social. Paradójicamente, luego de glorificar la globalización y el debilitamiento del peso de los estados nacionales, se asistirá a un retorno de su énfasis y un ataque -o al menos estricto control- de las migraciones. La exaltación de la “inseguridad” viene siendo la cáscara del huevo que incuba la serpiente de la tirria. De este modo, pobres, inmigrantes, indigentes, y eventuales minorías a elección, según circunstancias, serán las excusas, aquellos chivos expiatorios que pasarán a aborrecer otros estratos de aborrecidos.
Habrá tonalidades y gradaciones en otras experiencias de restauración del poder por parte de las antiguas élites conservadoras aggiornadas ahora en el neofascismo. Como cierto espectro cromático particular se encontrará en las campañas electorales que se avecinan. En ellas, habrá manipulaciones grotescas como las crecientes fake news.
Pero en todas ellas el abono que nutrirá sus raíces no será la técnica sino la distinción: el odio creciente hacia lo diferente, hacia -el y lo- otro.