Fue una celebridad de la época. Era provocador, en sus obras y en su vida. Se vestía de maneras extravagantes y desplegaba extensos monólogos en las conversaciones que sostenía.
Wilde era anarquista. En El alma del hombre bajo el socialismo, un ensayo publicado en 1891, escribió: “A veces la gente se pregunta bajo qué tipo de gobierno viviría mejor el artista, y sólo hay una respuesta: en ninguno”.
A pesar de la gran importancia de su pluma, Wilde pasó del éxito a la ruina y casi al olvido debido a su orientación sexual. De hecho, en sus obras autocensuró pasajes homoeróticos para evitar el rechazo. En la página 147 de El retrato de Dorian Gray, Basil le decía a Dorian: «Es totalmente cierto que te he idolatrado con mucho más romance del que un hombre debiera jamás consagrar a un amigo. De una manera en que nunca he amado a una mujer… Admito por completo que te he adorado locamente, extravagantemente, absurdamente».
“Todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro”, Oscar Wilde.
No solo enfrentó el rechazo: Wilde estuvo preso por ser homosexual. Alfred Douglas era un joven escritor de la nobleza escocesa, amigo y amante de Oscar Wilde. El padre de Douglas le escribió una carta a Wilde donde lo trató de “aquel que presume de sodomita”. El contraataque fue una denuncia por calumnias. Llegaron los juicios y finalmente la cárcel. Wilde fue acusado de sodomía y de grave indecencia.
Al salir de la cárcel, Wilde se reencontró con Alfred Douglas en la ciudad francesa de Ruan y vivieron juntos, unos meses, en un pueblo italiano cerca de Nápoles. Finalmente, se separaron. Los últimos días de Wilde ocurrieron en París donde prefirió hacer una vida tranquila y silenciosa. Se cambió el nombre (Sebastián Melmoth) y se convirtió al catolicismo.
El viernes 30 de noviembre de 1900, a las cinco y media de la mañana, Oscar Wilde «entró en la agonía». Falleció a las dos menos diez de la tarde en la habitación del hotel de París en la que vivía.